EL ARTE SEGUIRÁ SIÉNDOLO

PABLO G. MANCHACRÍTICO DE FLAMENCO

Dice el gran maestro Enrique Morente que en realidad es la humanidad la que es patrimonio del flamenco y no al contrario, como declaró solemnemente la Unesco en la tarde de ayer desde Nairobi a la vez que investía con dichos honores a la dieta mediterránea (y por lo tanto al vino, oiga), al noble arte de la cetrería, a los 'castells', al festival de lucha en aceite de Kirpinar y, entre otras muchas manifestaciones genuinamente humanas, a dos cocinas mundiales: la mexicana tradicional -con su ensalada de frijoles o las chalupas poblanas- y la elevadísima gastronomía francesa, que llegó a su cénit con Paul Bocuse y su 'Sopa de trufas Valéry Giscard d'Estaign'. Todo esto y mucho más han acordado felizmente los sesudos funcionarios de la cultura global, que desde el cuerno de África han dispuesto a su libre albedrío sobre qué es o qué no es patrimonio inmaterial de nuestra humana condición, cuestión que se me antoja que debe de ser algo así como poner puertas al mar o margaritas sobre las nieves perpetuas del Kilimanjaro, si es que quedan. Cuentan las crónicas que desde la Agencia Andaluza del Flamenco (sic) se ha recibido la noticia con alborozo y seguramente no sea para menos esta buena nueva. Sin embargo, conviene precisar algunas cuestiones: el flamenco, a pesar de las connotaciones de algunos intransigentes, ha sido desde sus orígenes patrimonio de todo el mundo y buena prueba de ello es que se le ha tratado mucho mejor fuera de nuestras fronteras que en España, donde históricamente ha sido pisoteado, negado y soliviantado. Chano Lobato me contó un día muchas de las fatigas que hubo de pasar en los años de plomo de la fiesta, cuando no quedaba más remedio que cantar para los señoritos hasta la amanecida para roer después un mendrugo de pan. Ahora el flamenco está en los teatros y en las universidades, pero nace de la gente, de los barrios, de los pueblos y también de las academias. La pena es que grabar un disco nuevo de cante siga siendo una epopeya.