Como pasear por las aceras y no morir en el intento

«Se preguntarán ¿y el carril bici? Pues el carril bici es como la cinta roja de terciopelo que envuelve un regalo muy bonito pero que nada tiene que ver con el presente»

JAVIER BAÑARESPROFESOR
Como pasear por las aceras y no morir en el intento

Era un día limpio, hermoso, uno de ésos que animan a pasear y a echar unos vinos. Fiel a mi costumbre, me dirigía a comprar los periódicos del día al quiosco de la Roge. La tienda de periódicos y revistas se encuentra en la acera de los pares de Avenida de la Paz emplazada entre Padre Claret y calle Autonomía de La Rioja. Además en esa misma zona están ubicados una relojería, una zapatería, una panadería, tres bares con sus consabidas terrazas, el mercado Patricia y varias tiendas de ropa, por lo que el trasiego de gente es incesante. A medida que me acercaba a mi punto de destino, pude oír cómo algunas voces se tornaban en gritos, palabras malsonantes e insultos. Los clientes de las terrazas, puestos de pie, alzaban los brazos al cielo maldiciendo. Las mujeres se llevaban las manos a la cara y los clientes de bares, panadería y tiendas salían a la calle para ver qué es lo que estaba ocurriendo. Quería saber qué acontecía. Me acerqué despacio, con cierto recelo. Mi curiosidad me empujaba irremisiblemente hacia el epicentro del suceso.

Era sábado y mi reloj marcaba las dos de la tarde.

La zona se encontraba abarrotada de personal, las terrazas de los bares llenas. Gente tomando un vermú con predicamento, gente mirando con envidia, gente con prisa y gente sin ninguna, gente cargada hasta los topes y gente de vacío. Gente y más gente.

En medio de aquella vorágine se encontraba un ciclista. Parapetado bajo su casco aerodinámico, ocultando su mirada tras unas gafas de sol polarizadas, sus manos resguardadas por unos guantes de ésos que dejan al aire los dedos -mitones los llamaban los antiguos- y luciendo un maillot de campeón del mundo, culote, calcetines finos y zapatillas haciendo juego, parecía recién salido del pelotón del Tour. El anónimo ciclista discutía acaloradamente con un matrimonio: «La niña estaba en medio de la acera. ¿Qué voy a hacer? ¡Yo no tengo la culpa! Se ha cruzado imprudentemente».

Se acababa de consumar un atropello.

Tal era el ímpetu que el ciclista ponía en su defensa, que por un momento convenció a varias personas que, en silencio, miraban de forma incriminatoria a los padres de la criatura acusándoles de irresponsables.

¿Una niña en medio de la acera? ¿Cruzarse imprudentemente? Según repetía las palabras del hombre camuflado de ciclista, mi concepto de acera se hacía añicos.

Un tanto confuso llegué a casa y tiré de diccionario, mejor dicho, de diccionarios. Miré el DRAE, el María Moliner y uno enciclopédico que en su día me regaló una entidad bancaria -eran tiempos de vacas gordas-. Todos coincidían en su definición de la palabra acera: Orilla de la calle o de otra vía pública, generalmente enlosada, y particularmente destinada para el tránsito de la gente que va a pie. Me quedó claro que por las aceras no pueden circular ni bicicletas, ni motos, ni coches, ni monopatines, ni patinadores, ni gente a caballo, ni en burro y ni en trineo.

¿Y nuestras autoridades tendrán claro el concepto de acera? Lo de generalmente enlosado parece que lo entienden a las mil maravillas porque hay aceras, por llamarlas de alguna manera, que necesitan un buen remiendo. El diccionario, no obstante, lo deja claro: generalmente enlosadas, y ahí la Real Academia de la Lengua les da la razón.

¿Y la circulación? En ese sentido nuestras autoridades andan un tanto confundidas. Eso sí, haciendo del pecado virtud, han inventando un nuevo concepto de acera y en aras de crear un ambiente afable y festivo entre peatones y ciclistas, cierran los ojos y de una forma encubierta permiten la circulación de bicicletas por las aceras, consiguiendo dos cosas: una, que el pasear por ellas se haya convertido en un deporte de alto riesgo, y dos, la invención de una nueva modalidad de ciclismo: el acera bike. Ya verán como para las próximas fiestas, en el programa de festejos figurarán competiciones de este nuevo deporte.

Se preguntarán ¿y el carril bici? Pues el carril bici es como la cinta roja de terciopelo que envuelve un regalo muy bonito pero que nada tiene que ver con el presente. No tiene ninguna utilidad, se deshace y a la basura. Pero bueno, ¡ahí está! No nos quejemos ¡Bienvenido sea! Claro que hay partes del trazado del carril bici que termina por confundir al peatón, al usuario de la bici y a todo hijo de vecino. Dicen algunos residentes del Paseo del Prior que cuando salen del portal se suelen dar de bruces con los ciclistas que pasean por el carril bici. ¡Exageraciones! Particularmente creo que es un hecho improbable, pero no imposible. Improbable porque son cuatro los usuarios del carril, pero posible porque todo en este mundo puede suceder. Figúrense, si se alinean los planetas para darnos el día, como no va a suceder un atropello. De todas formas, resulta curioso por no decir incomprensible el trazado del carril bici.

Esto ocurre en pleno casco urbano pero, si vas paseando por un parque, el riesgo se multiplica por cien. El acera bike se transforma en la fórmula 1 del ciclismo.

Vas a tu ritmo y de repente oyes un silbido, un grito, o un juramento que se clava en tu espalda como un puñal, y ahí te quedas haciendo el Tancredo e implorando a Dios que todo pase cuanto antes, y pasa porque van volando hacia una meta inexistente. La etapa se la está jugando al sprint con sus amigos imaginarios.

¿Y quiénes son los encargados de sancionar esas conductas o al menos de llamarles la atención? ¿Cómo? ¿El nombre? Hace tanto tiempo que no los veo paseando por calles y avenidas, que ni tan siquiera recuerdo cómo se les llama.

¿Lo saben ustedes?