'PAJARRACO', QUÉ NOVILLO

PABLO GARCÍA MANCHA
'PAJARRACO', QUÉ NOVILLO

Dos novillos para soñar el toreo. Exactamente así salieron 'Jarandero' y 'Pajarraco', especialmente este último, lidiado por José Arévalo en segundo lugar de un festejo deslucido que se fue apagando poco a poco por el escaso relieve de tres novilleros que anduvieron sin decir apenas nada y un resto de astados manejables pero sin ese fondo suficiente para seguir las telas con el verdadero empuje del toro bravo. Sin embargo, 'Pajarraco' le puso el Zapato de Oro a José Arévalo en las manos y el joven novillero de Valencia se entretuvo en una faena efectista, colorista, rápida y fácil ante un animal que no paraba de embestir incansablemente cuantas veces era citado.

El público arnedano, frío como una piedra cuando no brota el toreo, miraba atónito la faena de Arévalo que no se le ocurrió otra cosa que pedir a la banda de música que atronara el pasodoble. Y el pasodoble atronó mientras el valenciano seguía con su peculiar sentido del toreo: muletazos rápidos con la parte exterior del engaño, el viaje del morlaco hacia las afueras y cuando el animal había pasado, componer la figura barroca con el mentón metido hacia los adentros, pero el toro por las afueras. Muchas series, todas cortas, hasta que cuando se fue a por la espada, la música paró de improviso. Al regresar a la cara del utrero, Arévalo pidió más pasodoble. Y los profesores, allí que te voy con el tarará. Y Arévalo otra vez a destorear taquicárdicamente, como si tuviera prisa. 'Pajarraco', ausente de la faena que le estaban recetando, siguió embistiendo hasta ser despenado y el valenciano, incrédulo, esperaba un manantial de orejas en sus manos pero todo había quedado en una ovación saludada.

'Jarandero' fue otra cosa, quizás lastimado de una mano, no pudo demostrar en la muleta de mexicano Angelino de Arriaga todo su enorme potencial, la frescura de su embestida, el temple que derrochaba por los dos pitones. Angelino torea más pausado que Arévalo pero careció ayer ese temple que equilibra o dar poder y ritmo a los toros. La faena, larga, se fue esfumando a pesar de la bondad del novillo y del empeño de un torero ágil y vertical que quiere gustarse pero que adolece de profundidad.

Víctor Barrio, el tercero de la terna, es un torero espigadísimo al que se le adivinan ciertas cosas. Pero ayer tuvo la negra, un primer enemigo muy soso y sin nada de fondo y un manso descastado que parecía que se quería comer el mundo de salida con sus arreones despavoridos, pero que acabó deshinchándose como un globo cuando Carlos Ávila le pudo con el capote en una brega extraordinaria y eficaz con la que resolvió todas las dificultades del primer tercio. El toro se desfondó de puro manso y se refugió al lado del burladero de matadores, donde Barrio, valiente y vertical, le dio fiesta en un arrimón importante pero sin eco. El toro estaba íntimamente derrotado y aunque le sobraban las fuerzas para seguir el trazo de la franela, se fue hundiendo poco a poco en su falta de casta, en esa indolencia de los que parecían alguien y no eran nada.