O JUGAMOS TODOS O ROMPEMOS LA BARAJA

Muchos políticos tienen una conducta amoral y dan un ejemplo que no es de recibo.

JUSTO GARCÍA TURZA

Llevo mucho tiempo molesto. Muy molesto. Tengo la sensación de que algunos ciudadanos - precisamente los llamados a ser particularmente ejemplares- van por la vida haciendo lo que les da la gana. Hacen lo que quieren porque tienen todos los recursos y medios para hacerlo. Estoy hablando de los políticos, de nuestros políticos. Y no de unos pocos. ¡Cuánto bien les haría - a ellos, y sobre todo a nosotros- que recordaran aquello de la mujer del César, a la que su posición exigía ser honesta y parecerlo! Si a mí, como cura, se me exige un plus de ejemplaridad, algo que me parece más que razonable, a un político hay que exigírselo mucho más, ya que, entre otras razones, cobra un pastón de dinero para ser muy ejemplar.

Y, mira por dónde, el resto de la ciudadanía, los que no pintamos nada, los que no somos nadie, hasta los que están en paro, tenemos que hacer lo que nos mandan precisamente los políticos.

Lo sucedido en Cataluña -y creo que captarán a dónde quiero ir a parar- no es algo aislado. Eso de cambiar la ley para salirse con la suya, lo ven como muy natural y normal los gobernantes de casi todas las comunidades. ¿Que la Constitución no nos da la razón? pues cambiamos la Constitución, y aquí paz y después gloria. ¿Que los que integran el Tribunal Constitucional no nos dan la razón? pues a la calle con ellos y pongamos a otros más dóciles, y todos contentos. ¿Dónde está el ejemplo que nos tienen que dar a los ciudadanos de a pie? ¿Qué pasaría en este país si alguien -quien sea- dedicara su tiempo, su dinero, sus energías, a incitar a la ciudadanía a una permanente desobediencia civil? Claro, estos políticos nos dirán que ellos obedecen la ley. Y no es verdad. En Cataluña no han cambiado lo que exigía el Constitucional y aquí nadie resuella. Más aún, todos -hasta los del más alto nivel institucional- dicen abiertamente que no obedecerán y que se saldrán con la suya.

Si yo, o usted amigo lector o lectora, no obedecemos una ley de Tráfico o de Hacienda -los ejemplos saldrían por miles-, a la espera de que cambie una ley determinada de Tráfico o de Hacienda, no les quepa ninguna duda de que el palo o la multa serán de aúpa. ¿Por qué los políticos sí pueden hacer impunemente lo que les conviene a ellos o a su partido, aunque sea en detrimento del bien común?

Voy a hacer una afirmación que es muy fuerte, pero que es la pura verdad. Estos políticos -en lo que su actuación pública se refiere- son absolutamente amorales. El único principio que mueve sus actuaciones políticas es 'el todo vale'. Todo vale para ganar las elecciones, todo vale para estar o seguir en el poder. Ignoran lo que no les gusta, no ven lo que no quieren ver, escuchan lo que les conviene, mienten con un desparpajo que sacaría los colores a cualquiera. Es llamativo -escandaloso- que estos sujetos pongan en duda la legitimidad de la objeción de conciencia -que es plenamente constitucional- en médicos y funcionarios (referido por ejemplo al aborto), cuando la raíz de la misma es ética, moral o religiosa, y vean perfectamente plausible la misma objeción cuando la raíz es política, y más en concreto nacionalista. Aún no he salido de mi asombro desde que supe que tuvieron libertad de voto para la supresión o no de las corridas de toros y nadie pudo saltarse la disciplina del partido para el gravísimo y trascendental delito del aborto. A esto se llama caradura, pura y dura.

Sepan nuestros políticos que una mayoría abrumadora de ciudadanos nos guiamos en nuestra actuación personal, familiar, laboral y social, por unos criterios éticos y morales que nacen para unos de sus convicciones religiosas y para otros de su hombría de bien. ¿Por qué muchos de nuestros gobernantes no quieren oír ni por asomo la palabra 'moral'? ¿Por qué evitan a toda costa la perspectiva de la moralidad en todo lo que tocan cuando es lo más normal en la vida de las personas normales? Cuando yo estudié filosofía aprendí que las leyes -todas- deben estar ordenadas al bien común. Estos políticos amorales consideran las leyes como ordenamientos para su propio bien, para estar o seguir en el machito. De ahí el título que encabeza mi escrito: 'O jugamos todos, o rompemos la baraja'.

No me meto para nada en sus vidas privadas. Sí lo hago en su actuación pública, porque nos dan un ejemplo que no es de recibo.

Debo decir, porque es de justicia, que aquí también es válido aquello de que la 'excepción confirma la regla'. ¡Claro que hay muchos políticos ejemplares! Pero no son los más. Y ya termino preguntando a toda esta gente que decide en nuestras vidas y haciendas, en nuestras familias y en nuestros trabajos, en nuestro ocio y en nuestra salud, en nuestra vida y en nuestra muerte, ¿con qué autoridad moral nos piden que seamos ciudadanos disciplinados si ellos no están dispuestos a salir de su propio 'ego' y de sus pretensiones partidistas?