Una tarde heroica en Bilbao

Tan imponente como seria, tremenda y peligrosa salió la corrida del Puerto de San Lorenzo ayer en Bilbao

PABLO GARCÍA MANCHABILBAO.
Diego Urdiales da un pase a su primer toro durante la octava corrida de abono de la Semana Grande de Bilbao celebrada ayer en la plaza de toros de Vista Alegre. ::                             EFE/
Diego Urdiales da un pase a su primer toro durante la octava corrida de abono de la Semana Grande de Bilbao celebrada ayer en la plaza de toros de Vista Alegre. :: EFE

Tan imponente como seria, tremenda y peligrosa salió la corrida del Puerto de San Lorenzo ayer en Bilbao. Una anchura de pechos descomunal, hondura máxima, pitones hasta decir basta y una suma de malas ideas tal que sólo el sexto toro se las compuso para enviar a dos toreros a la enfermería: primero el banderillero Mario Romero y después, al matador bilbaíno Iván Fandiño. Diego Urdiales pechó con un lote paradójico que midió milimétricamente su condición de torero. El primero fue noble pero absolutamente inválido; y el sexto, un toro gigantesco, descomunal y repleto de malas ideas. Pero el torero riojano no se lo pensó dos veces, y a pesar de que sabía que en cualquier momento lo podía mandar allí donde huele a cloroformo, se puso con él con esa verdad tan desnuda y profunda que atesora el torero que lleva dentro. Conviene pensar que hacía sólo tres horas estaba dándole un potito a su hija en Arnedo, desconocedor de la lesión de Miguel Ángel Perera y sin imaginar por lo más remoto que una llamada le iba a poner camino de Bilbao, ante el toro de Bilbao y con el rey de Bilbao, ese Enrique Ponce de veinte años de alternativa que celebró ayer su paseíllo cincuenta en el , que se dice pronto.

Tuvo la suerte el de Chiva de encontrarse con un gran toro, el cuarto, de gran nota por su encastada nobleza y su tranco de porcelana. Ponce lo cuajó, sobre todo por la derecha, en una faena larga en la que abundaron los cambios de mano, los molinetes y varias series en redondo bellísimas. Le dio tiempo hasta para hacer la y no cortó la segunda oreja porque la espada le cayó baja.

El primer toro de Urdiales fue una auténtica pena, con calidad pero con embestida monjil y claudicante. El quinto, de más de 600 kilos, cortaba el hipo por su inverosímil alzada y por las velas con las se que coronaba su rizada testuz. Desde el principio demostró todas sus perversiones, aunque eso sí, matizadas por una movilidad tras la que se escondían hondonadas de asperezas, violencia y brusquedad. El toro exigía el máximo de Diego y el de Arnedo le planteó franca la batalla por ambos pitones. Recibió una espeluznante voltereta y no le importó apurar el vino amargo del astado hasta el final. Lo tapó todo, incluso pretendió echarle los vuelos al hocico como si fuera de carril. Muy bien Diego Urdiales en una plaza que lo respeta al máximo y en una gesta que no puede ni debe pasar desapercibida.

El primer toro de Ponce empezó a pronosticar el destino de la tarde y el último, abierto de cuerna como una lira, no perdonó a nadie. El toreo es así de duro, así de bello, así de tremebundo. Dos toreros en la enfermería, graves, y otros dos ilesos, pero con el sabor del deber mucho más que cumplido.