ACERAS BICI

PABLO ÁLVAREZCAUTIVO Y DESARMADO

Desde hace unos meses me ha dado por ir en bici por la vida. No todos los días, no a todas partes, pero en ello estamos: se llega rápido, no tienes problemas de aparcamiento y encima sientes una satisfacción indefinible que el coche, definitivamente, no te da.

La bici, en una ciudad como Logroño, es el vehículo perfecto. De hecho, poco a poco se va viendo a más gente que se lanza no a «andar» en bici, sino a «ir» en bici. O sea, a utilizarla para su día a día. El Ayuntamiento quiere promover eso, y es loable: el de Santos y Varea es el primer gobierno municipal que lo intenta decididamente.

La pena es que, para mí, el Ayuntamiento lo esté haciendo ligeramente mal. Porque, puesto a fomentar la bici, está cayendo en un error que para mí es evidente: llenar Logroño no de 'carriles-bici' (solución transitoria, pero quizá inevitable) sino de 'aceras-bici'.

Fíjense: los carriles bici de Logroño van por la acera. Están ahí, separados por una barrera de bolos que parece la línea Maginot, quitando sitio a los peatones (que los peatones recuperan, claro) y filas de aparcamiento. Manteniendo a los ciclistas separados del rey coche, que sigue reinando con el pretexto de la seguridad.

La bici, si ha de ser útil, ha de estar en la calle. No encerrada en una acera-bici fortificada y cara. Convertimos así la bicicleta en un juguete, no en un medio de transporte. Hay muchas maneras de hacer un carril bici, créanme. En Barcelona, por ejemplo, los pintan ya por el medio de la calzada. Y ya verán: cuantas más bicis haya, y más visibles sean, más seguro será para todos. Y mas gente irá en bici.

Y no por la acera.