LADYSCHENSKI, PREMIO DARWIN

PABLO GARCÍA-MANCHAMIRA POR DÓNDE

El hombre es una sauna para el hombre, diría Thomas Hobbes si hubiera asistido a ese campeonato mundial de saunas que se llevó por delante el fin de semana pasado a ese ruso canoso y enjuto que ha pasado a la historia por protagonizar una de las muertes más ridículas de las que se tienen noticia. De hecho, pido formalmente desde esta humilde tribuna que a Vladimir Ladyschenski, que así se llamaba el saunista muerto al vapor, lo consideren candidato especial a los Premios Darwin, ese maravilloso certamen que se basa en el supuesto de que la humanidad mejora genéticamente cuando ciertas personas sufren accidentes, muertes o esterilizaciones por un error absurdo, un descuido o una fatalidad. Para poder llevarse el premio, tal y como ha establecido Wendy Northcutt, una de las organizadoras del evento, existen cinco requisitos cruciales para merecerse la estatuilla a título póstumo: morirse o quedarse incapaz para la reproducción, demostrar una asombrosa falta de sensatez, no causar daño a nadie más que a uno mismo, estar en su sano juicio y que el fatal acontecimiento sea verificable. Creo que Vladimir Ladyschenski cumple de sobra con todos los merecimientos y su hazaña es comparable o mejor que la de ese tipo que intentó suicidarse tragando píldoras de nitroglicerina y después las hizo detonar chocándose contra una pared. De todas formas, me quedo de largo con la de este ruso cocido a fuego lento en la sauna, aunque no me llevarán la contraria si les cuento que me fascina como pocas la del sujeto que falleció por intoxicación etílica después de haberse introducido dos botellas de litro y medio de Jerez por vía anal, que fue el gran ganador de 2007. El ruso se quedó tieso en la olla, sin moverse un ápice y en calzoncillos, por eso creo que su hazaña no tiene parangón. Oiga.