EVO MORALES ES EL DOCTOR AMOR

PABLO GARCÍA-MANCHAMIRA POR DÓNDE

Siempre había querido hacerle un artículo a Evo Morales, el presidente boliviano de jerseys imposibles y cabellera lacia a guisa de casquete polar sobre una piel macerada en el seno de una familia de criadores de llamas. Evo ha recogido caña de azúcar en Tucumán, tenía un perro al que bautizó y gambeteaba con una pelota hecha de trapos porque quería ser futbolista. Llegó a la política a través del sindicalismo y se convirtió en el primer presidente aymara de la historia de su país. Un indio en el palacio presidencial fue un acontecimiento en Bolivia como un negro en la Casa Blanca, pero sin la CNN ni el día de Acción de Gracias. Hasta ahí todo perfecto; lo malo ha sido el ejercicio del poder de Evo, su indisimulado gusto por el chavismo bolivariano de Venezuela y por ese mesianismo que cunde en los líderes redentores de la humanidad como sobrevenido de una inspiración divina que les hace pasar de la ilusión al ridículo lamentable del endiosamiento. Dice Evo que los europeos somos calvos por lo mal que comemos y que hay muchos homosexuales debido la ingesta de pollo criado en grandes explotaciones industriales, que estarían cargados con hormonas femeninas. Lo ha dicho Evo en la Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra. Evo el peluquero; Evo, el doctor amor, el López Ibor de los pueblos amerindios ha dado con la íntima razón de la alopecia, ha descubierto las razones por las que Lorca amaba a Dalí o Adriano, el emperador envejecido, suspiraba por el joven y bello Atino. Marguerite Yourcenar estaba equivocada; Adriano comía alitas de pollo, por eso perseguía la belleza y relataba -presumiblemente calvo- pasiones y desconsuelos en el cogote de su dulce amante.