Isabelle Aubry: "El incesto es un asesinato psíquico"

Isabelle Aubry conoció el infierno a los 6 años. A esa edad, comenzó a sufrir abusos sexuales por parte de su padre

CÉSAR COCA
Isabelle Aubry: "El incesto es un asesinato psíquico"

Cuando tenía 12, su progenitor le anunció casi con solemnidad: «Hija mía, ha llegado el momento de desvirgarte», y durante dos años y medio la obligó a compartir su cama cada noche. Su cama y la de otros muchos, porque Renaud Aubry participó en numerosos intercambios de parejas y orgías, donde daba a su hija a cambio de otras mujeres. El incesto continuado terminó cuando tenía 14, pero Isabelle conoció otras facetas del infierno durante el proceso judicial contra su padre y más tarde, las consecuencias psicológicas del trauma padecido: una adolescencia desquiciada, abortos, intentos de suicidio, prostitución, alcohol, drogas... Una carrera hacia la autodestrucción que frenó al borde del abismo, primero con un hijo y más tarde junto a un hombre con el que por fin ha hallado la felicidad modesta pero real de las cosas pequeñas. Aubry, que sabe que estará en tratamiento psiquiátrico hasta el fin de sus días, preside la Asociación Internacional de Víctimas del Incesto y fue Mujer del Año en Francia en 2007. También ha publicado un libro con su historia ('La primera vez tenía seis años...' (Rocaeditorial), un texto cuya lectura es como recibir una serie de puñetazos en la boca del estómago. Puñetazos necesarios para darnos cuenta de que la depravación está ahí, entre nosotros, sin distinción de nivel social ni formación cultural.

- Usted escribe que su padre era egoísta, se sentía el centro del universo y nunca se arrepintió. ¿Ese el perfil de un padre incestuoso?

- A menudo es así, son dictadores domésticos, pero eso no significa que sean detectables. Una Universidad canadiense ha hecho un estudio comparando a padres incestuosos, condenados por ello, con padres que no lo son. Les hizo las mismas pruebas y el resultado fue que no había diferencias entre unos y otros.

- Por eso, nadie podía siquiera adivinar lo que su padre hacía.

- Mi padre caía bien a la gente, estaba perfectamente integrado, sabía hacerse querer, y eso hacía mucho más difícil que yo pudiera mostrar mi vida real.

- Comienza los abusos sexuales cuando usted tiene 6 años. Y, según dice en el libro, durante mucho tiempo le sigue queriendo. ¿Cómo es posible?

- Sé que no se entiende bien. Lo más difícil del mundo para un niño es no tener padres. Aunque le hagan daño, un niño quiere a sus padres. Yo le quería a él, pero no lo que me hacía.

- Y siguió queriéndolo mucho tiempo, pese a que además de abusar de usted la obligó a participar en orgías y la prostituyó.

- Sí. Hay un momento clave que me hace cambiar de opinión. Yo tenía unos 13 años cuando una noche vi una película en la televisión en la que una pareja se besaba. Una pareja de adultos, de edad parecida y que no eran padre e hija. Entonces me di cuenta de que lo que a mí me sucedía no era lo normal. Y fue cuando pensé irme de casa y vi que la única solución era mi madre.

El silencio de una madre

Cuando los abusos empezaron, los padres de Isabelle no se habían separado. Su madre debía de saber que algo sucedía en casa cuando ella no estaba, pero no se dio por enterada. Como tampoco hizo nada por saber cuando, tras el divorcio, Renaud se quedó con la custodia de la pequeña. A Isabelle no le vale como excusa que ella no se atreviera a contar nada, ni con 6 años ni cuando con 15, tras el proceso judicial y viviendo ya con su madre y su nuevo marido, éste también abusó de ella.

- ¿Una relación incestuosa requiere siempre de una madre -o un padre- ausente, que no se quiere enterar de lo que sucede?

- En mi caso, mi madre no quiso ver nunca lo que ocurría. Cuando finalmente mi vecina, la única persona que me preguntó por lo que sucedía porque vio en mí comportamientos raros, averiguó todo y se lo contó, me llevó a la Policía, pero sobre todo porque era una forma de vengarse de mi padre.

- ¿Ese silencio, ese mirar hacia otro lado, puede ser considerado complicidad?

- La complicidad activa es rara. Pero la pasiva se da en el 90% de los casos. La familia antepone su cohesión interna a la víctima. Si ésta desencadena un escándalo termina por ser expulsada del círculo familiar. Por eso, según los estudios que nosotros hemos hecho, las víctimas hablan de los hechos una media de 16 años después de que se hayan producido. Es la razón por la que me parece importante preguntar a los niños, no esperar a que ellos cuenten que les pasa algo. Pero para preguntar hacen falta profesionales preparados. Y no los hay.

- El suyo es un ejemplo de eso. Se encerró en sí misma y si se supo lo que le sucedía fue gracias a la perspicacia de su vecina.

- Los niños hablan con otros y cuentan cosas. Por eso es importante que hayan oído hablar de este problema, para que sepan de qué se trata. Yo se lo conté a una amiga, ella lo dijo en casa, pero no hicieron nada. En cambio, mi vecina se dio cuenta de que me pasaba algo, empezó a preguntar y averiguó todo. Y se lo contó a mi madre.

La historia de Isabelle Aubry no es sólo un caso de relación incestuosa entre un padre y una hija. Renaud la puso a disposición de muchos hombres que deberían haberse dado cuenta de que era una niña. Una vez, incluso, agotada por falta de sueño, se desmayó en mitad de una orgía. Quiso la casualidad que uno de los participantes fuera un médico, quien la atendió hasta que recobró el conocimiento. Le recomendó que descansara, pero la fiesta continuó.

- ¿Cómo es posible que ninguno de ellos denunciara lo que estaba sucediendo?

- No lo sé. He detectado que en el incesto se dan tres niveles: primero se consume a los hijos, luego se los intercambia por otras personas, niños o no, y por último se los vende a cambio de dinero o de otros bienes. Todo esto lo sufrí yo. Mire, mi padre fue condenado por proxenetismo, porque el incesto no estaba en el Código Penal francés.

- El incesto no lo estaba, ¿pero la responsabilidad de esos hombres, de ese médico que al reconocerla tuvo que darse cuenta de que era una niña?

- La Justicia sabía los hombres con los que había tenido relaciones, porque mi padre llevaba una agenda muy detallada. El médico fue el único procesado de todos ellos porque pensaron que debería haberse dado cuenta de mi edad. Pero finalmente no fue condenado. Debo confesar, de todos modos, que a mí me daba igual si condenaban a alguien más. Sólo quería no ver más a mi padre, porque estaba segura de que si en algún momento nos quedábamos a solas iba a matarme.

- Cuando la denuncia se produce, usted se siente también culpable. ¿Por qué?

- Mi padre cargó sobre mí esa culpa haciéndome guardar silencio. Y eso es algo que no se puede dominar. Hacen falta muchos años de terapia para liberarse de ello. Aun hoy, cuando algo no va bien en mi vida, tiendo a pensar que yo tengo la culpa. El incesto destruye las bases de la personalidad del niño. No tienes independencia, intimidad, amor propio... eres un objeto. Por eso, el incesto es un asesinato psíquico. Es la traición suprema porque te traiciona tu propia sangre.

Ante la Justicia

Con 14 años, Aubry vivió un proceso judicial terrible: interrogatorios sin fin, reconstrucción del horror vivido, jueces que parecían no creer su versión... Hasta ella misma redujo sus experiencias por temor a no ser considerada fiable. Cuando la juez le preguntó con cuántos hombres se había acostado en las orgías preparadas por su padre, rebajó el número de 500 a 50.

- El sistema judicial la trata como si efectivamente tuviera alguna culpa...

- Mi palabra siempre era puesta en duda. Yo ocultaba el incesto con una máscara y así seguí. Eso hizo que todo lo que decía pareciera sospechoso. Pasa siempre: estás roto por dentro pero por fuera no muestras nada. La jueza me hizo recordar cosas que yo quería olvidar, me puso trampas en los interrogatorios pese a que mi padre había confesado, había fotos y tenía una lista de nombres. Para un niño, todo eso es un trauma insoportable. Imagine lo que es acusar de cosas así a su propio padre.

- ¿El proceso termina por ser más difícil para la víctima que para el acusado?

- Sí, porque el agresor no tiene sentimiento de culpa. Más bien, se cree también una víctima. De hecho, cuando fui a ver a mi padre, tras haber estado en prisión, me habló de lo duro de estar en la cárcel, de que debía recomponer su vida. No entendía nada. La Policía, tampoco. La jueza pidió una foto mía de cuerpo entero y los agentes que me la hicieron me fotografiaron con la cartulina típica que ponen a los delincuentes. ¿Cómo no iba a sentirme algo culpable? Cuando después de todo eso llegué a casa y el marido de mi madre abusó de mí, intenté suicidarme.

- ¿Nadie se dio cuenta de su sufrimiento, de que usted necesitaba ayuda psiquiátrica?

- Es paradójico lo que sucedió, y sigue sucediendo. Está previsto que los condenados tengan sesiones de psicoterapia en la cárcel, pero yo debí pagarme la mía. Mi padre no fue juzgado por violación porque yo no dije 'no' a sus pretensiones. Es lo que dice la legislación francesa.

El padre de Isabelle murió, pero su madre y su hermana pequeña, la niñita que protegió para que no le pasara lo mismo que a ella, tampoco existen. Ha roto con ambas después de que se negaran a aceptar la verdad de todo lo sucedido.

- Su propia familia no ha terminado de creer su terrible historia pese a la confesión de su padre, las pruebas, los testimonios... ¿Qué siente?

- Una dosis adicional de sufrimiento. Nueve de cada diez vícitimas pasan por algo parecido. Mi madre nunca aceptó la verdad... y a mí me costó 25 años abandonarla. Le pasa a muchas personas que han sufrido incesto: tienen que romper porque no pueden seguir padeciendo la incomprensión.

- A su hermana usted la defendió de su padre.

- Sí, pero para ella fui una tirana. Como siempre en el incesto, los papeles se invierten. La eduqué como pude, pero para ella yo era la hija preferida de mi padre, la que se llevaba todos los mimos. Ella me lo confesó siendo ya adultas. Pasa con frecuencia: dentro de una familia algunos hermanos se vuelven contra las víctimas, porque ellos quieren seguir en casa.

- Cuando, ya mayor de edad, se prostituyó, su madre no dijo nada. Tampoco la ayudó.

- Me prostituí porque era una forma de sentir el poder. Me acostaba con hombres por dinero y yo decidía con quién hacerlo. Tenía el poder de esa decisión. Mi madre, indirectamente, me animaba a esa perversión. Otra madre me habría dicho 'ven a mis brazos, yo te protegeré'. Ella no lo hizo nunca.

- Tampoco le dijo nada cuando usted rechazaba a hombres buenos que habrían podido ayudarla y se arrojaba en brazos de quienes solo iban a hacerle daño.

- Mi madre perdió pronto a su padre y desde entonces cree que no podemos confiar en los hombres. En realidad, los odia profundamente. Yo estaba siguiendo su mismo modelo de relación. Hubo un momento en que ella salía con un alcohólico, mi hermana con otro y yo con un tercero. Rompí con mi madre y a los quince días encontré a mi marido. Es como si me hubiera liberado de un veneno.

- ¿Le sucedió cuando su padre murió?

- Sí. Yo esperaba que él hubiera cambiado tras pasar por la cárcel. Pero no fue así. Siguió igual, sin arrepentirse, tratando de establecer una cierta complicidad conmigo a base de hablar mal de la familia, buscando incluso que yo dependiera económicamente de él. Hasta que un día salió la cólera y le dije todo a la cara.

- Brindó con champagne cuando se enteró de su muerte.

- Sí, la víspera yo hablaba con mi marido de que como iba a vivir hasta los 90 estábamos lejos de brindar por su muerte... y en ese momento ya lo habían enterrado. Estaba tan preocupado por su reputación que tomó medidas para asegurarse de que nadie me anunciaría su muerte hasta pasadas dos semanas. Temía que me presentara en el entierro y montara un escándalo. Cuando en nuestra última conversación le recordé que me había prostituido, lo único que se le ocurrió hacer fue pedirme que no se lo contara a su nueva familia.

Eco político y social

Cuando creó la Asociación Internacional de Víctimas del Incesto, Aubry inició la pelea para cambiar la legislación, mejorar la formación de los especialistas que atienden a los niños y sacar a la luz un problema de enorme gravedad que permanece oculto bajo el manto del tabú.

- ¿Han entendido los políticos sus demandas?

- No sé qué pasa en Francia que hace falta una catástrofe para que abran los ojos. El problema del incesto es que somos muchos quienes lo hemos sufrido, pero estamos callados. Costamos caros a la sociedad y quiero hacerlo entender. Fui a hablar con la ministra de Sanidad y me dijo que el incesto no era de su incumbencia. Pero sabemos que hay una relación absoluta entre incesto, alcoholismo, anorexia... En Canadá hicieron un estudio hace 30 años y descubrieron que los niños no estaban bien protegidos. A partir de ahí, aprobaron medidas y hoy están a la cabeza en esta cuestión. En Francia no se hace nada de eso, así que solo nos queda llamar la atención a través de los medios para que los políticos se muevan.

- ¿Y el apoyo social? ¿Lo notan?

- No como haría falta. Se ha cambiado la legislación y eso está bien, pero son necesarias muchas más cosas. Y las estamos diciendo. La Asociación no quiere recibir subvenciones públicas para poder hablar libremente.

- Ahora lleva una vida normal, ha hallado un hombre que la quiere y que es un padre para su hijo. ¿Está cobrando, por fin, parte de lo que le debía la vida?

- Estoy permanentemente en combate, pero tengo algunas alegrías. Por ejemplo, cuando alguien me dice que un niño ha visto una foto mía con mis perros en el periódico, ha leído lo que digo y luego ha contado lo que le hace su profesora porque ha encontrado coraje para hacerlo... No es un caso genérico. Ha sucedido.

- ¿Ha conseguido dormir bien o siguen asaltándola algunas pesadillas?

- No duermo bien, pero duermo.