DOS TONTOS AL VOLANTE

PABLO GARCÍA-MANCHAMIRA POR DÓNDE

La escena se produjo el lunes. Una mamá -mi señora- y dos hijos -los míos, para más señas y para más Inri- atravesaban un paso de cebra en una rotonda contigua al campo de fútbol de Las Gaunas. Miraron a izquierda y derecha, y al comprobar que no había tráfico, se dispusieron a cruzar la calle. En ese momento, de improviso y como una exhalación, un cochazo entre amarillo y anarajando, tuneado todo él como mandan los cánones del tuneo más fetén, se lanzó hacia mi familia, que se libró de la embestida por los pelos. La mamá dio un empujón al más pequeño y se agarró con el mayor para salir zumbando de la trayectoria del bólido, pilotado por dos muchachitos que atendían a la siguiente descripción. El piloto tenía una especie de cresta que desafiaba a la gravedad y al vacío de pelos del resto de su cabeza; el copiloto cubría su escasez de ideas con una gorra roja con ribetes blancos. El coche era ignoto pero sólo un milagro salvó la vida de las personas que más quiero en el mundo, que salvaron su integridad de milagro.

Los conductores venían, con toda probabilidad, del aparcamiento del Palacio de los Deportes, que se ha convertido casi a cualquier hora del día o de la noche en una especie de tontódromo donde estos héroes muestran su virilidad a sus novietas a bordo de automóviles de colores. Derrapes, frenazos, loopings, salidas de cero a cien en tres octavos de milisegundo. componen parte del catálogo de salvajadas de estos minihéroes de barrio que se creen Monza cuando atraviesan un paso de cebra con niños y ancianos esquivando su idiotez mental. Y allí seguirán mientras no se den cuenta de que son los más tontos del volante, de la carretera y de nuestra ciudad.