Los pandas de Madrid

Ella se llama Hua Zui Ba. Él, Bing Xing. Los humanos de alrededor están muy preocupados por su sexo, pero a ellos sigue interesándoles, sobre todo, el bambú

CARLOS BENITO
La pareja de pandas gigantes del zoológico de Madrid disfruta del bambú en su recinto. Sus cuidadores quieren que se reproduzcan, pero ellos están a otra cosa. ::                             ELVIRA MEGÍAS/
La pareja de pandas gigantes del zoológico de Madrid disfruta del bambú en su recinto. Sus cuidadores quieren que se reproduzcan, pero ellos están a otra cosa. :: ELVIRA MEGÍAS

Una de las mascotas de las Olimpiadas de Pekín era un panda gigante, pero la elección resulta un poco chocante cuando se contempla a Bing Xing, el macho que reside en el zoológico de Madrid. Son las diez y media de la mañana y el oso ya se ha acomodado en un rincón de su recinto, con unas rocas como respaldo y un manojo de cuatro o cinco kilos de bambú a su derecha. Y, cuando un panda se acomoda, lo hace de verdad: tumbado boca arriba, con las patas traseras y la cola estiradas, no parece precisamente la encarnación del olimpismo. Bing Xing va recogiendo cañas de bambú, las parte con sus molares, extrae la pulpa de dentro y deja caer la dura envoltura sobre su extensa panza, donde ya se ha formado un buen montoncito. Los humanos tenemos la fea costumbre de atribuir a los animales características que, en realidad, corresponden a nuestra especie, pero con el panda ese vicio resulta casi inevitable, porque su forma de recostarse, de agarrar el bambú, de llevárselo a la boca y de deleitarse con lo que come nos recuerda tremendamente a nosotros mismos en plena apoteosis de pereza y gula. Tiene algo de espejo que nos refleja un poco ampliados, aunque también habrá quien se vea favorecido.

El macho está solo en su pradera porque la hembra, Hua Zui Ba, tiene hoy otros quehaceres: en un día normal, ella también estaría dedicada ya a la metódica ingestión de bambú, pero estamos en primavera, el momento decisivo en la difícil reproducción de los pandas. Digamos que la sexualidad de estos osos tampoco es un alarde de actividad: el celo anual de la hembra dura sólo de dos a cuatro días, así que los responsables del zoológico tienen activado desde mediados de marzo el protocolo para detectarlo en cuanto se produzca, con vistas a recurrir a la inseminación artificial en el caso probable de que Hua Zui Ba y Bing Xing prefieran el bambú al coito. «Tenemos que saber el momento exacto en el que empieza el celo, porque sólo hay 48 horas para actuar», explica Eva Martínez, veterinaria jefa del parque. El año pasado, la hembra ya estaba en edad fértil y los responsables del zoo juntaron a los dos pandas, que entonces ocupaban aún recintos separados: «No se hicieron caso. Ella se asustaba bastante y se iba, no quería interactuar». La inseminaron en dos ocasiones, sin éxito. Desde noviembre, los animales comparten espacio, así que quizá el roce haya hecho el cariño.

La hembra se encuentra a esta hora en el área de entrenamiento, porque le tocan prácticas de ecografía. Hay que acostumbrarla al frío tacto del gel -al principio, se lo quitaba y lo olía, con lógica sorpresa- y a la presión del ecógrafo, aunque los pandas están muy cerca de ser los pacientes ideales, siempre que alguien les vaya premiando con pedacitos de manzana durante todo el proceso. «La verdad es que nos dejan hacerlo todo. Cuando les sacamos sangre, ni se mueven, incluso vuelven a poner el brazo. Puedo auscultarles, examinarles los dientes, coger muestras de saliva...», se sigue sorprendiendo la veterinaria. Junto a Eduardo Sánchez, el cuidador de los pandas, y Rebeca Ortega, una bióloga que realiza estudios de comportamiento, va consiguiendo que Hua Zui Ba adopte las posturas adecuadas. Eduardo, que viajó con la pareja desde la base de cría de Chengdu, le da algunas instrucciones en chino que ambos aprendieron allá en el país asiático: «¡Zhan! ¡Kao!». Y la osa lo mismo se tumba de lado, que se yergue sobre las patas traseras, que -con docilidad y puntería- orina en un botecito para que le hagan los análisis hormonales.

El equipo del zoo también está muy atento a su conducta, porque las hembras en celo desarrollan algunas extravagancias: emiten un sonido similar a un balido, caminan hacia atrás y suelen jugar en el agua. Pero, de momento, todo parece normal: una vez han terminado los ejercicios, Hua Zui Ba se dirige a un rincón tranquilo, se repantinga a gusto -sólo le falta suspirar de satisfacción- y empieza a zampar bambú, en una imagen casi simétrica a la de su compañero. En noviembre, cuando se eliminaron las barreras entre ellos, existía cierto miedo a que se agrediesen, ya que los pandas son unos animales tan individualistas que los chinos los llaman osos-gato. «Antes de juntarlos, les dejamos establecer contacto visual a través de un cristal y ni siquiera se miraron a la cara. Se pusieron los dos a comer», recuerda Rebeca. Pero ha habido suerte y se llevan muy bien, incluso comparten alguna gavilla de bambú. «A veces eligen la misma caña y la sostienen cada uno por un extremo, pero finalmente se la lleva él por pura fuerza. Y juegan: los días de nieve, por ejemplo, les hemos visto correr, perseguirse, dar volteretas...», relata Eduardo.

El cuidador es quien mejor conoce a los pandas del zoo y no puede evitar una sonrisa cariñosa al contemplarles: «Él es un pachón, muy tranquilo -describe-. Mientras tenga comida, no le importa que llueva o que nieve. Al llegar a Madrid, con todo el mundo pendiente de la adaptación, él ya estaba comiendo a la media hora. Ella es más nerviosa, más activa, hace una especie de guerra psicológica con nosotros». En cierto modo, de los pandas de Madrid se sabe todo: se les pesa a diario -95 kilos la hembra y 125 el macho, que es bastante grandote-, se pesa la comida que se les da -unos cincuenta kilos de bambú diarios-, se pesan sus heces -entre diez y veinte kilos al día- e incluso se les graba en vídeo por las noches. Lo habitual es compararlos con budas apacibles, contemplativos, o con peluches de tamaño monumental, pero Eduardo ha encontrado un referente mejor: «Son como bebés, su vida alterna ciclos de comida y sueño de dos o tres horas, sea de día o de noche».

La obsesión por comer es una pura necesidad biológica, porque el 99% de su dieta se compone de bambú, un vegetal muy poco nutritivo. «El panda se ha adaptado a comer lo que casi nadie come. Es un caso similar al del koala con el eucalipto. Y eso requiere mucho esfuerzo», indica Eva. Al zoológico llega cada quince días un tráiler refrigerado con tonelada y media de bambú procedente de cultivos de Francia y Portugal. Según la variedad de la planta y la época del año, los pandas prefieren comerse las hojas, los tallos, la caña... Son tragones, sí, pero también un poco gourmets.

Cien gramos al nacer

¿Y qué ocurrirá si la reproducción da fruto? Para empezar, la población de pandas de Europa pasaría de seis a siete: actualmente, además de nuestros protagonistas, sólo hay un macho muy mayor en el zoo de Berlín y una pareja en el zoo de Viena que tuvo un osezno por medios naturales. El cachorro nacería ciego, calvo, como un ratoncito de cien gramos, aunque al cabo de un mes ya presentaría el dibujo blanco y negro característico de su especie. «Las pandas gigantes suelen ser muy buenas madres -explica Eva-. Lo más curioso es que, si nacen gemelos, eligen uno y dejan que el otro muera. Pero, si se les va cambiando la cría cada tres horas, no parecen darse cuenta». Y, por supuesto, el pequeño quitaría el protagonismo a sus padres como emblema del parque: todos los españoles de cierta edad recordamos a Chu-Lin, el panda que nació en el zoo de Madrid en 1982 y vivió allí hasta su muerte en 1996, homenajeado con una escultura junto al recinto de Bing Xing y Hua Zui Ba. Eva y Eduardo estuvieron entre los miles y miles de niños que acudieron con sus familias a ver a aquel «osito que no anda», como se refirió a él una popular canción infantil cuando aún era un bebé. Eso sí, el hipotético hijo de los actuales pandas sólo se quedaría en el parque un par de años, porque después, ya emancipado, sería trasladado a algún otro centro para incorporarse al programa de cría.

Es la una y los pandas siguen a lo suyo, inmóviles, imperturbables, insaciables. De pronto, como poseído por un repentino vigor olímpico, Bing Xing se incorpora, se rasca meticulosamente una pata, se desplaza un metro y se vuelve a tumbar. Y una abuela, con mucho callo en eso de llevar a sus nietos al zoo, se vuelve hacia los críos y les dice: «¡Qué suerte habéis tenido! ¡Mirad qué activos están hoy!».