Homo sanus

EL BISTURÍFERNANDO SÁEZ ALDANA

Érase un hombre cuya carga genética lo predestinaba a morir de ataque cardíaco a los 54 tacos más/menos uno. O sea que, cuidándose como un atleta olímpico ante la competición, mantendría sus coronarias en tan buen estado que podría rascarle al destino hasta un añito más. Mientras que acumulando factores de riesgo (no de palmar por el jamacuco ventricular programado en el reloj biológico desde su fecundación, sino de hacerlo antes de tiempo), duraría uno menos. Las autoridades y sus agentes sanitarios, con el apoyo de la publicidad bioalimentaria, los suplementos semanales y los teleprogramas de vida sana no paraban de recomendarle hábitos saludables (ejercicio, culto al cuerpo y guerra a grasa, alcohol, tabaco y sofá), culpabilizándolo por los perjuicios que podría infligirse a sí mismo de seguir por el camino del cascagüés, la birrita, el untarreo y la molicie, previniéndole del riesgo cardiovascular si su perímetro abdominal pasara del metro, obsesionándolo con sus tasas de tensión y colesterol (normalizadas cada vez más a la baja por los fabricantes de pastillas para lograrlo) y, en definitiva, inoculando en su timorata sensibilidad el pánico a enfermar, la tanatofobia y la moderna superstición del mundo desarrollado: estar en forma para alcanzar la longevidad. Así que, deseoso de prolongar su existencia hasta la inmortalidad, se impuso un riguroso 'estilo de vida saludable' que exigía declarar la guerra a lo que más le gustaba: primero cayeron la mantequilla y los dulces, más tarde el cocido y los guisos, el pan, el purito y la cerveza. Al mismo tiempo abrió un plan de pensiones, se apuntó a un gimnasio-espá y en tres meses se estaba machacando el esqueleto y el bofe a base de extenuantes carreras. Así que, con la tripa, la tensión, el azúcar, el colesterol y el saldo a raya, nuestro campeón adicto a la leche desnatada, el café descafeinado, la sacarina, la verdura rehogada, la pesca hervida, el filete a la plancha, el pilates, lo 'sin' y lo 'light', con los abdominales competentes y un índice de apareamiento inferior al de la foca monje, cumplió los fatídicos 54 con la prórroga más que ganada. Lo malo fue que durante el año siguiente su empresa se fue al garete, su hijo se quedó lelo por la droga, su mujer acabó largándose con un maromo, sus acciones se hundieron y sus vías urinarias contrajeron un carcinoma que lo estuvo jodiendo vivo durante los trece meses de retraso con que le sacudió el infartazo sobre la fecha prevista si hubiera disfrutado de lo mejor de la vida, que tan malo es para la salud, en lugar de matarse a privaciones en vida. (Moraleja: más vale morirse a tiempo que sondar un año).

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