España está entre los países que menos invierten en educación

La partida para la enseñanza apenas supera el 4% del Producto Interior Bruto, lo que significa unos 4.000 euros por alumno hasta secundaria, una de las tasas más bajas de Europa

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Los recursos educativos merman año tras año, hasta llegar a su peor cuota en 2019, sin que nada asegure que se ha tocado fondo. Si en 2006 la administración destinó el 4,31% del Producto Interior Bruto (PIB) a lo educativo, en 2018 la cifra es del 4,24%, la más baja desde 2006. Comparado con los países del entorno, España es uno de los que menos porcentaje de PIB dedica a la educación, sólo por delante de Grecia, Irlanda, República Checa, Luxemburgo e Italia. El promedio de Europa está por encima del 5%, según datos del Ministerio de Educación. «Tenemos un déficit claro de formación, lo que repercute en el bajo nivel de la productividad. Hay que adaptarse al cambio tecnológico con mayor investigación», asegura Rafael Pampillón, catedrático de Economía de la Universidad San Pablo CEU, durante la presentación del informe 'Indicadores comentados sobre el estado del sistema educativo español 2019', que recoge que la inversión en educación del año pasado fue de 51.275 millones de euros.

Desglosado, significa una inversión anual de casi 4.000 euros por cada alumno del régimen general no universitario, una población de 8,2 millones de estudiantes que recibe un 64% del total del presupuesto, según se desprende del informe elaborado por la Fundación Ramón Areces y la Fundación Europea Sociedad y Educación. Lo demás se destina a la educación universitaria, becas, «otras enseñanzas» y cuestiones administrativas, hasta completar el total. Aunque este año, y todos los precedentes desde hace una década, disminuye en relación con el PIB, en 2019 el monto «supone un incremento del 3,7% sobre la cifra del año anterior». Estas reducciones afectan aspectos como el tamaño de la clase o el equipamiento de ordenadores, lo que podría elevar el rendimiento del alumnado. También tiene influencia en la mejor preparación de los profesores y su retribución. Ahí el incentivo a la formación continua y a la investigación es clave. «Los egresados de las instituciones que más investigan tienen mejores salarios porque salen mejor preparados», asegura Pampillón.

De esos ocho millones de estudiantes de primaria, secundaria y formación profesional, el 67,1% cursa sus estudios en un centro público, y el 32,9%, en privados. También han aumentado el número de alumnos, medio punto en general. Hace una década había 7,4 millones de alumnos, y ha ido en aumento año tras año desde entonces. Sin embargo, en 2018 ha disminuido en primaria, donde se han matriculado más de 4.200 niños menos. «Hay que relacionar ese descenso con la demografía», dice Mercedes de Esteban, vicepresidenta de la Fundación Europea Sociedad y Educación.

Desequilibrio

Los datos también muestran un desequilibrio en la enseñanza de la población. En Educación Superior, el promedio de España supera en 5% la media europea y hasta la educación secundaria de primera etapa, es mayor en un 18%. Pero en la Educación Secundaria de segunda etapa está unos 23 puntos por debajo del promedio. «Hay 1,8 millones de personas entre 25 y 34 que sólo hicieron primaria, un millón más de lo que debería. Pero tenemos 630.000 personas con grado medio, y debería haber 1,7 millones con formación profesional», asegura Pampillón. «Eso hace que la productividad sea menor». También genera un mercado laboral más vulnerable a la «sensación de crisis por el enfriamiento de la economía mundial», afirma Pampillón. «Los contratos indefinidos han empezado a caer en 2019, y la mayor temporalidad hace que los trabajadores tengan menos interés en formarse, y los empresarios en formarlos».

Mientras más educación, menos paro. Entre los 15 y 64 años la tasa de desempleo está en 22,3% entre los que sólo han cursado educación primaria y secundaria básica; en 15,5% entre los que tienen educación secundaria superior, y en el 8,8% entre los que tienen educación terciaria, indica Eurostat. Esos porcentajes aumentan ligeramente entre los que tienen entre 25 y 39 años, pero se disparan entre los que tienen menos de 24 años, llegado al 44% de desempleo en los que tienen menos nivel educativo, y de 21,9% cuando cuentan con estudios especializados. «El elevado desempleo que presenta España (del 15,8% en 2018) afecta en mayor medida a la población joven y sin estudios superiores, que todavía no ha adquirido en el mercado laboral la experiencia necesaria para suplir la falta de formación», reseña el informe.

Por otra parte, uno de cada ocho jóvenes españoles no estudia ni trabaja. Pertenecen a ese colectivo estadístico llamado «nini». En los años de mejora del mercado, ese porcentaje disminuye, como se demuestra cuando se compara el dato actual de 12% con el de los tiempos de crisis, que superó el 18% entre 2009 y 2013, años de la debacle financiera. «Está relacionado con la tasa de paro, que crece durante la crisis y desciende con la reactivación económica», sostiene Julio Carabaña, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, para quien la denominación «niní» es más política que real. «Aquí se incluyen a las amas de casa, a los que se dedican a actividades variadas y a los adolescentes que están buscando su yo».

En contraste, los «sisí», que estudian y trabajan se duplican en esos años difíciles, entre 2005 y 2008, alcanzando más del 10% entre los que tienen entre 15 y 24 años; mientras en los periodos más estables rondan el 5%. Con el fantasma de la recesión que se aproxima, entre 2017 y 2018 esos que hacen doble esfuerzo están en torno al 7%.