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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

TRIBUNA

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F ue a Rubén Marín, mi amigo y mi editor, a quien oí esta palabra por primera vez. Le acababa de enviar el borrador de una novelucha que escribí hace treinta años. El argumento trataba de la situación de una escritora a la que le anuncian que padece cáncer. Me contestó: «He comenzado a leerla y es un claro caso de serendipia». Para no quedar como una paleta busqué la palabreja y vi que María Moliner tampoco la conocía. De cuantos pregunté, sólo mi nuera Estela sabía su significado; incluso me habló de una película sobre esto: Serendipity. Luego, en google, encontré más datos. Significa anticipación a los hechos, premonición, respuesta a problemas no planteados y un cóctel de azar y sagacidad. Hay serendipia literaria, científica, investigadora: Leonardo, Verne, Arquímedes, Galvani, Huxley, Colón y Poe son, entre otros muchos, sus representantes.
Aunque soy más bien escéptica en estas cosas, sé que hay personas con sensibilidad especial para captar lo que los demás ni olemos, y que no hemos desarrollado ni un 10% de nuestras capacidades cerebrales. Buscando datos pata escribir Las Sectas Satánicas hice un recorrido mágico-esotérico y descubrí que el mundo está lleno de caraduras que se dedican a embaucar a la gente con mancias, augures y adivinaciones; sólo una vez, una vidente valenciana llamada Nestaira, estuvo a punto de hacerme creer en ella. Me dejó de piedra al contarme que, a los 12 años, con otras dos amigas, robé la campana del colegio que, por supuesto, devolvimos pero jurando que no lo contaríamos jamás. Meses más tarde me enteré de que la bruja, a través de una cuñada de una de aquellas amigas, había conseguido enterarse de la aventura.
Sí creo en mi amiga Pilar Fernández Labrador, uno de esos seres humanos con sensibilidad especial y una bellísima persona, que únicamente vaticina cosas buenas; con lo cual, quienes sabemos esto nos echamos a temblar cuando está callada pensando qué estará viendo. Una vez, sus hijos perdieron un gatito llamado Landelino, al que adoraban. Para que dejaran de llorar, les dibujó una puerta de hierro forjado cubierta de hiedra y con escombros a ambos lados. En las afueras de Salamanca, los niños encontraron la puerta y... ¡allí estaba Landelino!
Ayer, Rubén Marín me envió una entrevista que me hizo al dejar el Ayuntamiento en la que me preguntaba: «¿No le ha hecho duelo (entonces me llamaba de usted) no disparar el chupinazo?», y yo contestaba: «Aún puede ser». Le mandé un correo pagándole con la misma moneda: «Un nuevo caso de serendipia».

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