El hierro de Sagasta

El puente encargado por el político riojano en el siglo XIX fue cobijo de chavolistas y nexo entre las orillas industriales del río

E. GÓMEZLOGROÑO
El Puente de Hierro, en una imagen antigua cedida por el IER./
El Puente de Hierro, en una imagen antigua cedida por el IER.

Allí estuvo hasta que una noche alguien que no comulgaba con la historia del personaje le arrancó la cabeza y la tiró al Ebro. Afortunadamente, el artista riojano Jesús Infante, nuestro magnífico acuarelista, que también es un maestro como escultor, consiguió una réplica y quedó tal como puede contemplarse en el lugar donde actualmente está colocada la figura, en los jardines de la fachada este del instituto.

El puente llevaba unos cuantos años al que le venía bien aquello de «que el uno por el otro, la casa sin barrer». Ni la Diputación se hacía cargo de las reparaciones, ni tampoco el Ayuntamiento, desde donde se alegaba que el puente era del Estado. Y así pasaban los años cada vez que había que hacer alguna reparación.

Parece ser que ya se han puesto de acuerdo y se van a acometer las oportunas obras que lo van a dejar como nuevo, como cuando, gracias a la intervención de Sagasta, llegó a Logroño alterando su destino que era como puente ferroviario, como claramente se aprecia, y además pensado para otro punto del país. Fue construido por la empresa catalana la Maquinista Terrestre y Marítima por 910.000 pesetas en números redondos. Hoy darían mucho mas como chatarra. Se inauguró el 18 de diciembre de 1882.

El puente necesitó un suplemento para cubrir el espacio necesario entre una y otra orilla, creándose el que hoy hay hecho de obra sobre la carretera, ahora calle de San Gregorio. De este tramo se recuerda que en una ocasión se quedó dormido sobre el pretil un individuo llamado Renato Pascual, que se cayó y tuvo que ser hospitalizado. No le extrañe al lector el que recordemos el nombre, pues era primo del firmante.

El Puente de Hierro, en su primer tramo, que cubría una extensa zona baldía, sirvió durante muchos años para dar techo a quienes se cobijaban en chavolas hechas con hojalatas y cartones, creando una zona de chavolismo muy frecuentada, por donde daba grima pasar. Entre la pestilencia de aquel abigarrado espacio, el Ebro Chiquito que pasaba justamente al lado y que servía de cloaca a varias alcantarillas de la ciudad y algunas industrias que había en las inmediaciones, la atmósfera que se creaba era como se puede suponer.

Tanto a un lado como a otro del puente había numerosas industrias, hasta el punto de que, salvando las distancias, podría decirse que constituía un mini-polígono industrial. Entre ellas había una de secadero de pieles, estaba también Lejías Garduño, había otra de recauchutados y una fábrica de cola, partiendo de huesos, cuyos 'perfumes' sobrepasaban a los que emanaban del tostadero de cafés El Pato, que estaba justo a la entrada del puente. Estaba la fábrica de muebles del najerino Julio Galarreta, otra de cepillos, garlopas, gramiles y diversas herramientas para trabajar la madera del ezcarayense Justo García, conocido como 'el sordo' y había una señora que le llamaban 'Seronera' porque hacía serones de esparto y esteras que servían de alfombras en las entradas de los pisos.

A la izquierda del puente había varias ebanisterías, entre ellas la de Luis Ganuzas, Ángel Blanco y la del 'Pincha' creador del comercio Muebles Castilla. Se recuerda a un fabricante de botas y la chatarrería de Espinosa. Cerca de este espacio en torno al puente, adosados a la iglesia de Santiago estuvieron la fábrica de sacos de Marcos Eguizábal, la de Muebles González y otra de persianas de madera.

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