Prueba de amor

TERI SÁENZ

Lo que chirría de la noticia no es el predicado, sino el verbo. ¿Criticar? Si no fuera por la polvareda (en el sentido literal y en el político) que han levantado estas obras, el detalle debería ensalzarse como una muestra de cariño, el guiño privado de alguien que, por su profesión, tiene colateralmente un escaparate público.

El caso denunciado por los socialistas sería preocupante si ese jugueteo cundiera. Si el diseño de las papeleras, los bancos, los setos o las alcantarillas que salpican la ciudad quedara a expensas del árbol genealógico del encargado municipal de compras. «¿Cuáles son las iniciales de su mujer? ¿No tendrá ella un nombre compuesto?», le preguntarían en la entrevista de trabajo antes incluso de interesarse por el currículum y su experiencia laboral.

Conozco pruebas de amor igual de luminosas que la del arquitecto de Gran Vía. El trabajo de un amigo mío consiste en pulir durante ocho horas diarias planchas de maderas. Al final del lijado siempre graba disimuladamente en la esquina de cada pieza las iniciales de sus hijos por si, causalidades de la vida, acaba convirtiéndose en el pupitre, la mesa o la raqueta de pádel de sus chavales. Hasta tengo un compañero de profesión en el periódico que en sus columnas formaba elaboradísimos acrósticos con mensajes para su novia.

Sé incluso de un ex ministro que está loco por su última chica. Ella es galerista y le acompaña por toda España buscando un sitio idóneo para ubicar sus esculturas. «¿Dónde te gustaría ponerlas, cielo? ¿Debajo de estas enormes farolas con forma de 'Y'?», le preguntó un día que se paseaban de la mano por Logroño. esaenz@diariolarioja.com