Una vida entregada a la literatura

Viudo, pero profundamente enamorado aún de su mujer, desde hace años residía en la localidad de Tobía junto a su perro Toby. Todo lo artístico que guardaba allí (libros, cuadros y esculturas varias) los había donado a la UR. Además de decano de las letras riojanas, era el único riojano que hasta la fecha se había jubilado como escritor.

De muy joven, tras evitar la Guerra Civil como pudo por su desinterés por lo bélico, viajó a triunfar en Buenos Aires, a donde posteriormente volvió junto a su familia, pero no consiguió el éxito teatral que anhelaba por un decreto que prohibió estrenar obras que no fueran de autoría argentina.

También probó suerte por partida doble en Madrid, como tantos escritores de provincias, y la última de ellas regresó a su tierra natal algo avergonzado -y esta es una anécdota que algunos no nos cansábamos de oírsela contar- tras haberle procurado «una hostia a Umbral en el Café Gijón» (episodio narrado en La noche que llegué al Café Gijón) por acusarle falsamente en una columna de vender joyas y telas en América.

Sobre todo, además de jugosas y tragicómicas historias personales, lo que nos queda ahora de Antonio Cillero Ulecia es su extensa obra literaria que fue a la vez su «lanza y su condena», su vida y su infortunio.

La novela titulada Pascasio y vinagre (1980), y su continuación Vinagre cabalga solo (1993), reflejaron a la perfección la mejor tradición de la novela picaresca pero ambientada en la geografía riojana, describiendo sus paisajes y gentes, así como sus costumbres, además de conjugar perfectamente el habla de nuestra región. Esto, unido a su producción poética, siempre fiel deudora de la naturaleza que le rodeó en nuestra tierra, le confirman como uno de los últimos adalides de la literatura riojana contemporánea.

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