Carta de un niño que sí nació

JOSÉ A. DEL RÍO

Porque, ¿sabes?, ya lo sé todo. Y cada minuto recuerdo aquí, en el hospital, el último beso que me diste mientras me embozabas dentro de aquel capazo con tanto cuidado que pensaba que me iba a romper. Y cuando me dejaste sobre el suelo frío, ¿vaya frío, mamá!, y antes de darte la vuelta se te cayó la lágrima que tengo aquí escondida, en mi manita, tan apretada que los médicos piensan que está mal. Pobres.

Mamá, no llores más. Que también sé lo que me quieres. ¿O es que alguien duda de tu corazón? Mira que tuviste tiempo y argumentos para haber pasado de mí y sin embargo, pobre y más sola que la una, envolviste para mí en papel de seda el regalo de la vida aún sabiendo que tanta generosidad iba a destrozar la tuya. ¿Quién te va a criticar, entonces? Si hasta te acordaste de llamarme David. Qué chulo. Como el niño que tumbó al gigante Goliat. Me gusta llamarme David.

Mamá, aquí quieren saber si eres una delincuente, alguien que ha hecho algo horrible, fatal. Qué tontería. Tú una delincuente. Ya les voy a explicar yo el día que hable quién es un delincuente. Y voy a encontrar a esos amigos tuyos en los que buscaste refugio aquí, en Logroño, por darles las gracias; y a los servicios sociales, por darte tanto apoyo mientras tu embarazo. Y a todos los que te dieron la espalda desde que aquí llegaste. Y al hijoputa de mi papá. Para lo mismo. Te quiero, mamá.