La primera capital del reino de España asombra por su conjunto imponente y por sus rincones que sorprenden al visitante a cado paso

Trujillo, ecos de un pasado regio RINCONES DE

J. R. ALONSO DE LA TORRE TRUJILLO.

Gusta tanto viajar a Trujillo que la primera línea regular de autobuses que se estableció en España llegaba a la ciudad. Sucedió el 15 de diciembre de 1907. Ese día, un ómnibus de la marca SAG (Suddentsche Automobilefabrick de Gaggenanin) inauguraba la línea regular Cáceres-Trujillo. Tardó dos horas, alcanzó los 30 kilómetros por hora y transportó a 16 pasajeros que pagaron 2.90 pesetas en primera y 2.25 en segunda. 111 años después, a Trujillo se viaja en coche por tres cómodas autovías, pero el placer de llegar a la ciudad sigue siendo el mismo. Y decimos ciudad con propiedad porque ese título ostenta Trujillo desde 1430, cuando era «capital» de un vasto territorio que abarcaba 22 aldeas y limitaba con lo que hoy son las tierras de Toledo, Talavera, Cáceres, Plasencia y Medellín.

De ese pasado poderoso, proviene la imagen imponente y magnífica que Trujillo regala al visitante según se va aproximando a su casco medieval y renacentista. Torres, templos, murallas, palacios... Un collage cubista de arquitectura dorada presidiendo la llanura y aportando seis monumentos antológicos al florilegio nacional de bienes culturales: el castillo, la iglesia de Santa María la Mayor y los palacios de la Cadena, la Conquista, Juan Pizarro y San Carlos. Pero ya hemos llegado a Trujillo y ya hemos dejado el coche en un aparcamiento subterráneo estratégicamente situado en el punto exacto desde donde comenzar nuestra visita ascendente, siempre ascendente, primero hacia la plaza Mayor, después, perdiéndonos de cuesta en cuesta, buscando el entusiasmo que provoca lo imprevisto: los rincones, las esquinas, los miradores, este aljibe, aquella ventana, ese arco medieval...

Ya sea al subir, ya sea al bajar, el viajero acaba deteniéndose en la plaza Mayor y, con la estatua de Francisco Pizarro a caballo apabullando, los sentidos se deleitan admirando escaparates llenos de dulces, quesos y embutidos, observando un espacio evocador en el que iglesias, palacios, soportales castizos y casonas parecen querer contarnos que estamos en uno de los pueblos más bonitos de España, como proclama un cartel-diploma, y en la que puede ser considerada primera capital del reino unificado de España.

Para entender este título honorífico, hay que saber que los Reyes Católicos pasaron casi todo el año 1479 en Trujillo. Se alojaban en el palacio de Luis de Chaves, donde a finales de enero llega la noticia del fallecimiento en Barcelona de Juan II de Aragón, padre de Fernando. Se celebran los funerales en Santa María la Mayor, se convoca la corte e Isabel y Fernando firman en Trujillo, el 29 de diciembre de 1479, el primer documento como reyes de España.

La cuna de Pizarro

Un año antes, había nacido en Trujillo un niño llamado Francisco Pizarro, protagonista de una de las 'fake news' más populares de la historia española de la conquista de América. La posverdad manipuladora de la leyenda negra asegura que Francisco Pizarro fue un pobre porquerizo hambriento que se fue a América a probar fortuna y se convirtió en un cacique sanguinario. La realidad es que fue un hombre inteligente, hijo de una familia noble de Trujillo, experto en el arte de la guerra, tras su paso por los tercios en Italia, y que conquistó Perú. Contemplando la estatua de un Francisco Pizarro incomprendido, emocionados ante la magnificencia del entorno, uno se pregunta qué pudo pasar para que Trujillo, una ciudad con tanto poderío y tanta riqueza, perdiera importancia. La explicación es que el siglo XIX fue nefasto para la ciudad. Un alcalde valeroso, Antonio Martín Rivas, al estallar la Guerra de la Independencia, secundó el llamamiento del Alcalde de Móstoles y Trujillo contó enseguida con una tropa heroica. La consecuencia inmediata fue que los franceses invadieron la ciudad, detruyeron todo lo que pudieron, diezmaron la población y Trujillo se sumió en un declive que le quitó fuerzas para ser capital de provincia y para atraer el ferrocaril. A cambio, conservó el esplendor arquitectónico y hoy exalta al viajero que llega en su coche como exaltaba al que llegaba hace 111 años en el ómnibus SAG.