Expiación entre vides de Rioja

DIEGO MARÍN A.

Después de localizar sus anteriores novelas en ambientes tan exóticos como el Tíbet, Madagascar y la India, Andrés Pascual ha apostado por un escenario rural y cercano como es La Rioja para su nueva obra, 'A merced de un dios salvaje'. Aunque el título evoca historias como las de 'El corazón de las tinieblas' de Joseph Conrad o la obra de teatro de Yasmina Reza, lo cierto es que presenta una prosa costumbrista, cotidiana, que se tuerce para derivar en una narración que pretende ser inquietante y casi policiaca. «Cuanto más local es una historia, más universal», ha defendido el propio autor.

En concreto, la trama se desarrolla en la Sonsierra riojana y por las referencias y parajes que recorre, no sólo los viñedos, también el barrio de La Estación, Los Agustinos y la Herradura de Haro, el museo Vivanco de Briones y los 'picaos' y la ermita de Santa María de la Piscina de San Vicente; bien pudiera parecer una obra promovida por La Rioja Turismo, si no por la Mancomunidad para el Desarrollo Turístico de la Sonsierra. El vino, la bodega, es una excusa, un elemento más porque lo que se cuenta resulta algo instintivo, la lucha de un padre por defender a su hijo, aunque se aborde lo pecuniario y sea una expiación.

La historia, que transcurre en apenas unos días de un septiembre actual, precipitando todo a una velocidad vertiginosa, la narra en primera persona Hugo Betancor, un fotógrafo de prensa de Lanzarote que acude a San Vicente para arreglar la herencia que le corresponde a su hijo Raúl tras la muerte de su esposa, la riojana Vega. Allí descubre la belleza de una tierra y la célebre Finca Las Brumas, propiedad de su familia política. Don Rodrigo, el patriarca, un personaje imponente y de dos caras, se asemeja al Emilio Gutiérrez Cava de la teleserie 'Gran reserva'. De hecho, la novela parece una historia paralela a la ficción televisiva, quizá no tan tremendamente exagerada como resultó al final aquella pero sí jugando con el extremo de la imaginación.

La lectura de la obra puede entretener a los lectores riojanos porque toma elementos de la historia, etnografía, naturaleza, cultura, heráldica y sociedad regional para aliñar una tragedia familiar. Por ejemplo, subyace la pertenencia a la Divisa Real de Santa María de la Piscina y el hijo del protagonista padece el síndrome de Dravet, una enfermedad rara que también sufre el niño riojano Raúl, en quien se inspira. Incluso hay referencias a la cruz de Malpica de Nájera, el Camino de Santiago, los buitres y mazapanes de Soto, los fardelejos y hasta a Chema Purón. Tal vez para aligerar la contundencia de la trama también se cuelan algunos elementos pop, como una comparación con la protagonista de la serie 'Al salir de clase', un póster del grupo gótico HIM y la aplicación de contactos Tinder.

Definido por el propio Pascual como «un 'thriller' psicológico y un intenso drama rural en el corazón de La Rioja», la historia es doble y es expuesta de forma paralela: por una parte, el presente condicionado por el clima, el temor a las tormentas por la inminente vendimia (lo que ofrece una sensación de ahogo a los agricultores y por extensión a todos los personajes); y por otra, la vida en ese mismo lugar pero en 1998, cuando el hermano de Vega desapareció en extrañas circunstancias y a la misma edad de Raúl, semejante a él físicamente, creando un estigma en la familia, y también en el pueblo. «En Lanzarote se decía que, en el mar, vale más seguir una corazonada que una biblioteca», asegura el protagonista de la novela, y eso parece haber aplicado Andrés Pascual en este libro.

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