De viajes

FÉLIX CARIÑANOS

Pues eso, que me fui a Madrid en busca de la tranquilidad. Es que yo -¿saben ustedes?- no soy de playa. Me sucede esto desde que me enteré de lo que ocurrió en los arenales de Normandía allá por los años cuarenta de la centuria anterior; vaya, vaya, siempre lejos de la playa. La verdad es que me dirigí a Madrid, castillo famoso, por ver una exposición de dibujos de Luis Paret, un pintor al que la crítica actual considera el mejor pintor español del siglo XVIII después de Goya. Resulta que pintó mucho y muy bien en la parroquia de mi pueblo, que por entonces pertenecía a la diócesis de Calahorra y La Calzada.

Ah, ¿no lo sabían ustedes? Pues ya tienen un motivo más para visitar mi ciudad natal. Así que por la zarzuelera calle de Alcalá, sin la falda almidoná y sin nardos apoyaos en la cadera, caminé hacia la Biblioteca Nacional procurando no pasar cerca del Congreso, no me fueran a picar sus avispas. Salí emocionado de la exposición de mi paisano, que los cantautores somos muy sensibles. (Lo llamo paisano por la confianza que tengo con él; era madrileño).

La realidad es que he descansado mucho en esa villa, puesto que me he pasado los tres días sentado en las terrazas de las tabernas y en los bancos de parques y plazas observando la velocidad a la que camina la gente, semejante a la que alcanza Fernando Alonso cuando se apresta a tomar la primera curva de la carrera. De todos modos, como mis pasos son muy morosos, me sobra tiempo para fijarme en múltiples detalles. Pasado el Arco de Cuchilleros de la Plaza Mayor, el escaparate del antiguo restaurante Botín muestra tres greguerías pintadas de Ramón Gómez de la Serna, cuyo retrato fuma en pipa: «A Botín se va a celebrar las bodas de oro, las de plata y hasta las fósiles»; «Botín parece que ha existido siempre y que Adán y Eva han comido allí el primer cochifrito que se guisó en el mundo»; «En Botín se asan las cosas nuevas en cazuelas antiguas». Ya en el Rastro, al ladito del monumento a Cascorro, un bar se define en el cartel de la entrada: «Bocadillo de jamón x 2,50; no es pata negra, échele imaginación».

Trotean las rúas cantidad de excursiones; ha desaparecido la Librería de Bibliófilos Españoles en Travesía del Arenal que atendía aquel señor de inmaculado terno azul, mientras que ha llegado a ocuparla una franquicia inglesa -Coolligan: football legends-que expende prendas relacionadas con equipos famosos. A unos metros, frente a la chocolatería valleinclanesca de San Ginés, doce ruidosas japonesas se fotografían frenéticamente junto al gran oso blanco del escaparate que abraza un gran cucurucho coronado de chocolate.

A la vuelta, voy leyendo en el autobús 'Cuentos de mujeres valientes' de Emilia Pardo Bazán. Al comenzar a atravesar la provincia de Burgos me ha parecido leer a la derecha de la carretera un letrero -«Burgos Cabeza de Castilla»- un tanto modificado por unos brochazos -«Burgos Cabeza de Morcilla»-; no debe de ser una greguería de Ramón. Llego a casa; está la de Vitoria, que me propone ir uno de estos días a Barcelona. «Yo te propongo ir a otro sitio estupendo, que también se escribe con be», «¿Cuál?», pregunta ella. «Está claro: Briones».

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