Un viaje

Me disponía a buscar mi asiento cuando un señor me dijo que no hacía falta, que el tren siempre iba vacío

MANUEL VILAS

Hace unos pocos días hice un viaje extraordinario. Salí temprano desde la estación de Atocha con destino al pueblo extremeño de Villanueva de la Serena. El primer tren cubría el trayecto de Madrid hasta Puertollano. El segundo, que fue el que me fascinó y me resultó deslumbrante, iba desde Puertollano a Badajoz, aunque yo me bajaba en Villanueva de la Serena. Este tren partió desde Puertollano a las 11:45 de la mañana, por el andén número 5. Subí al vagón. Me disponía a buscar mi asiento cuando un señor me dijo que no hacía falta que acometiera dicha búsqueda, que el tren iba siempre vacío y que me sentara donde gustase. Vi los vagones vacíos, todos los asientos a mi disposición y el tren era nuevo, o casi nuevo. Cuatro asientos para mí. Y comenzó el viaje. Los paisajes que veía a través de la ventanilla me parecieron exuberantes, pero aún más exuberantes eran los nombres de las pequeñas poblaciones que iba atravesando, de una fonética desafiante: Almadenejos, Guadalmez, el valle de Alcudia, Almorchón, Castuera, Campanario. Vi colinas, riscos, planicies, encinas, alcornoques, abedules, pinos, olivos, sauces, algarrobos, y palmeras. Los árboles estaban solos. Especialmente solos o muy solos, como dejados a su suerte. Como si fuesen árboles del siglo V antes de Cristo. No había seres humanos en ningún sitio. En Cabeza de Buey pude ver dos cerdos casi negros, jugando con una botella de agua de vidrio. Se paró el tren junto a ellos, y uno me miró y creo que me sonrió como si fuese un ser humano e incluso como si supiera mi nombre.

También vi casas abandonadas, cementerios, viñas, pacas de paja, una bandera de España, gallinas, cactus, ovejas desperdigadas, como si huyeran de algo, decenas de neumáticos apilados, antiguos postes de la luz, depósitos de agua oxidados, un tractor abandonado, caminos misteriosos, hierbajos amarillos (estos hierbajos eran continuos), casas diminutas, otras casas con las puertas y las ventanas tapiadas, pequeñas lagunas de agua turbia, granjas, y piedras de todos los tamaños. De repente, al salir de Cabeza de Buey, las figuras de los árboles parecían contorsionarse. Los troncos de las encinas se doblaban, buscaban la línea curva. No sabía distinguir si eran alcornoques o encinas. Como viajaba solo, nadie pudo ayudarme a despejar mi duda, pues no volví a ver al señor que me había hablado al principio del viaje, cosa que me resultó alarmante. A un lado de la ventanilla el paisaje era verde y se levantaban altas paredes de piedra; al otro era plano y de un amarillo terco. A un lado había encinas, al otro nada, solo hierbajos y algunos pájaros minúsculos. No había conexión a internet y mi teléfono móvil no funcionaba. Estábamos solos los árboles, las piedras y yo, que me estaba convirtiendo, por cortesía, en un fantasma. Pensé en que ni siquiera Bob Dylan vendría aquí a dar un concierto. Pensé en la muerte. Pensé luego en Antonio Machado. Y pensé en mi padre.

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