VALIENTE TRISTEZA

TERI SÁENZ - CHUCHERIAS Y QUINCALLA

Se llama Teddy, vive en Tucson (Arizona) y acaba de cumplir seis años. Para celebrarlo, su mamá preparó amorosamente una merienda trufada de bebidas azucaradas, confeti a tutiplén, pizza y 32 sillas para otros tantos amiguitos del crío y sus familiares que nunca respondieron a la invitación. Teddy quedó tan defraudado, que su madre inmortalizó aquella tristeza en una foto que se ha hecho viral. El resto de la historia es probable que ya la conozca. El equipo de baloncesto de su estado que milita en la NBA invitó al mocete al partido que jugaron esa misma semana para desagraviarle, y el de hockey ha organizado un evento en su honor donde participarán cientos de seguidores. Lo que las crónicas no especifican son las razones de esa oleada de empatía que se ha extendido entre miles de personas anónimas. Una lectura urgente diría que se trata de aplacar el infinito desconsuelo que debió provocar en el niño quedarse solo el día del año que debería sentirse más protagonista. Si rebusca, es posible que encuentre la causa en la valentía de su madre por mostrar en público la desilusión. Las redes sociales hace tiempo que son un escaparate sin fronteras para exhibir el hedonismo. Cada sonrisa, todos los viajes de placer -con selfie incluido ante playas paradisiacas- y las celebraciones más íntimas se desnudan a diario ante el resto del universo para autoafirmar la alegría. La ostentación de felicidad (la mayoría de veces impostada) está tan sobrevalorada que la exposición del desencanto (siempre sincero) anuncia convertirse en trending topic. Y no por el placer morboso de regodearse en la insatisfacción ajena, sino por certificar que la pena es el único sentimiento que comparte la humanidad entera.

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