Tesis doctorales, víctimas colaterales

Vivo una sensación agridulce. Me pena que se esté cuestionando una tesis doctoral, no por el doctorando en particular -cada palo que aguante su vela- sino por el daño colateral que podrían sufrir las instituciones universitarias que dan respaldo a las investigaciones y otorgan los títulos. El daño que se le puede infligir a los futuros doctorandos, y en general, el prestigio de todo el sistema educativo e investigativo del país. La parte dulce es que se está hablando de tesis doctorales, sobre cómo se hacen, cómo se citan trabajos anteriores, qué controles operan, qué normas han de respetarse, etc. Y se pone en contacto a una parte importante de la población, básicamente a aquella que va más allá de los titulares y el trazo grueso de la prensa, con la ingente labor que implica un doctorado, los sufrimientos de un doctorando (o doctoranda, faltaría más) y los avatares de la investigación científica.

Me pregunto qué quedará al final de este laberinto y el lodazal noticioso. He escuchado algún que otro: «Bah, tanta tesis, si al final a la gente de pasta y a los enchufados/as se las regalan...», o «para qué tanto estudio si, luego, se puede obtener un certificado de lo que sea por otros medios». Espero que no sea esto lo que quede, entre otras cosas porque es tendencioso, es falso, es una rotunda mentira. Y probablemente aquellos y aquellas que se suman a ese nivel de análisis tan superficial, en sus fueros, se arrepienten de no haber podido estudiar más, o de no haber podido aprobar lo que intentaban estudiar. Quizás.

Quien tenga una tesis doctoral, de esas que se defienden y aprueban después de tres, cinco, siete o más años estudiando, no se debería sentir bien. No se está cuestionando un título de doctorado, o a un doctorando, se está poniendo en cuestión todo el sistema.

Conozco sitios donde exigen hacer una predefensa de la tesis doctoral. En esta fase se supone que la tesis la leen entre cinco y siete doctores/as y le mandan al doctorando/a folios y folios de opiniones, sugerencias y objeciones, a fin de que el trabajo mejore. Lo más normal es que se apruebe la predefensa «con recomendaciones», muchas recomendaciones, o se dé una moratoria al doctorando (sea éste hombre o mujer) para que corrija el trabajo antes de presentarse a la defensa final, al temido tribunal.

Una tesis ha de acudir al examen final con más de cinco avales de personas en posesión de un título de doctor, usualmente ajenos al tribunal, que certifican que el trabajo es auténtico, que aplica el método científico, que constituye un aporte, bien teórico, práctico, o ambos; y que respeta las reglas.

En la mayoría de los lugares no se puede escoger el tribunal que examina. No se puede invitar a amiguetes con doctorados para que evalúen (cum laude) una tesis. Hay sitios donde existe un tribunal nacional, o federal, o lo que sea, compuesto por lo más selecto del panorama nacional o de un área de estudio determinada. Nadie se atrevería a presentar una tesis 'floja' ante un tribunal así. Y si pasa, 'ruedan cabezas': la del doctorando la primera.

Siempre existe el peligro de que se evalúe de insatisfactoria la defensa final, si el tribunal entiende que la tesis no tiene el nivel o que el doctorando no está lo suficientemente preparado. ¿Conocéis a alguien que haya suspendido un doctorado? Imagino que no. Bien, yo sí he conocido a alguien que ha suspendido la defensa de la tesis doctoral. Sí, la defensa, ese acto cuasi protocolario donde se exponen los resultados de años de trabajo y se esperan las deliberaciones, a poder ser, positivas. Y nadie se escandalizó. «A remar, amigos, a remar se ha dicho». Ahí viene el famoso: «ajo y agua».

Más allá de lo que se haga en un sitio u otro, más allá de los días en los que nos hemos despertado con el susto de lo que han descubierto sobre la dichosa tesis doctoral del presidente, -con la comisión de investigación impulsada por el PP en el Senado incluida-, creo que debemos reflexionar sobre los daños colaterales. Hay que hacer pedagogía aprovechando el escándalo, para poner en el lugar que les corresponde a aquellos y aquellas que sacan sus doctorados y aportan su granito de arena al sostenimiento del sistema universitario y de las instituciones dedicadas a la investigación.

No nos podemos dejar llevar por la marea y elevar los churros y las chapuzas al nivel de normalidad. Una tesis que genere dudas no es la normalidad ni puede erigirse en la base para cuestionar todas las demás.

 

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