'Tertulianeces' acríticas

¿Hay algo peor para el auténtico periodismo que las actitudes sectarias, y por ende acríticas, de algunas tertulias mediáticas?, se pregunta el autor

'Tertulianeces' acríticas

Uno de los esfuerzos que no menos pereza produce estos últimos tiempos es el seguimiento de la actualidad política, en la que cada vez con mayor fruición proliferan las tertulias entre profesionales de distintas procedencias del mundo mediático. En este nuevo 'postmundo', la expresión de una opinión estructurada y razonada ha dejado de tener interés y dado paso a un espacio de discusiones cuasicallejeras entre periodistas, pseudoperiodistas o asimilados -lo más alejado que quepa imaginar del debate ordenado y racional de antaño- en la que cada cual repentiza su ocurrencia del momento hasta que es interrumpido por las contraocurrencias de otros, en un bucle de superficiales intervenciones, sin fin, orden ni mínimo respeto a turno de palabra alguno. Casi nunca se aporta algún razonamiento diferente de los populacheros que ya toda la gente está harta de oír. Y si alguien introduce una argumentación profunda y analítica -esto es, crítica- pronto se verá callado a gritos, único modo que asimismo tendrá el interrumpido para defender sus tesis durante algunos segundos. En semejante marco y con tertuliantes empeñados en solo expresar 'tertulianeces' -permítaseme el peyorativo neologismo- es imposible obtener cualquier conclusión que no sea la de comprobar el dislate de este chabacano modelo de desinformación y la indolencia de muchos de los sujetos intervinientes, que dan por valor entendido que quienes los contemplan son de estulticia supina. Es cierto que no todas las tertulias son iguales ni tampoco cabe juzgar de la misma forma a todos sus participantes, algunos de ellos cualificadas excepciones de este adverso juicio. Pero las reflexiones que suscitan no por ello pierden su vigencia ni consistencia, pues como se sabe toda regla general tiene sus excepciones.

Efectivamente, son diversas las reflexiones que se pueden extraer de este modelo de deconstrucción de la opinión y adocenamiento intelectivo de la población. Aquí solo abordaré dos de ellas. La primera dirigida a los medios que organizan estos espectáculos, que lleva a preguntarse por cuáles son los fines que persiguen. ¿Se trata simplemente de competir sin escrúpulos por cuota de pantalla o audiencia, usando y abusando de cualquier tipo de 'artes' sin ninguna otra consideración ética o estética? ¿O también se pretende dirigir estos pseudodebates para así acomodar sus mensajes según la posición estratégico-ideológica o interés económico del medio de comunicación, poderes públicos incluidos? Si lo primero es criticable, lo segundo es execrable. Y lo que es evidente es que no persiguen la excelencia ni la neutralidad, conforme les es exigible.

La segunda reflexión se relaciona con los actores del espectáculo, en buena medida pertenecientes a esa noble profesión que es el periodismo. Porque este oficio no es como los demás, es muy especial, tanto que los sistemas democráticos les han delegado un casi infinito campo de libertad de expresión y difusión -de actuación, en una palabra-, no por ser más guapos que los demás sino por tener atribuida la responsabilidad de vigilancia y control del funcionamiento del sistema y en especial de los poderes públicos. Por ello, y con razón, se dice que el periodismo tiene atribuido el denominado cuarto poder, un contrapoder si se prefiere, en cuanto supone un último contrapeso o garantía contra eventuales excesos de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Un cuarto poder que, en este sentido y en alguna medida, se solapa con el tercero -el judicial- pero que va más lejos que este pues también le incluye dentro de sus objetivos de vigilancia y control.

Los periodistas no son por tanto unos profesionales más. Su actuación trasciende de la esfera privada al resultar principales depositarios de los derechos de libertad de difusión y expresión que en su labor profesional no les son encomendados para su uso personal o libre albedrío sino para su ejercicio institucional, esto es, para que puedan cumplir su misión como contrapoder o contrapeso en la arquitectura democrática. Tienen un gran poder garantizado por la ley en razón a estar dirigido a cumplir los fines queridos por la ley, lo que desde una perspectiva jurídico-deontológica quiere decir que no se trata de un poder discrecional sino reglado y lo que implica una gran servidumbre, cual es la de la ejercer una 'sana crítica' de los poderes públicos. Se significa así que deben actuar con eficiencia y objetividad, es decir, no a su conveniencia o por impulsos o simpatías, sino según los requerimientos que la sociedad les demanda, pues para ese fin es para lo que tienen delegadas esas prerrogativas.

En resumen, tanto los medios como los profesionales del periodismo están obligados a informar y opinar conforme unos principios y valores deontológicos en el interés general de toda la sociedad, lo que les exige tanto calidad y eficiencia -preparación profesional y esfuerzo personal- como objetividad y neutralidad, a fin de ofrecer una verídica información y una bien formada opinión, al margen de subjetivismos o intereses ideológicos o de cualquier otra índole. Salta a la vista que la tarea no es sencilla, más bien todo lo contrario, de aquí su vital papel y trascendencia. Y no parece que el tipo de periodismo que se representa en este teatro de las 'tertulianeces' esté a la altura de tan elevados fines y duras exigencias. La frívola puesta en escena de este modelo mediático no ayuda a ofrecer una imagen de orden y seriedad acorde con su importancia. Y respecto a la buena práctica de la «sana crítica», son excepción los tertuliantes que la observan. El sentido de juicios y opiniones se augura indefectiblemente predeterminado en función del sesgo intelectivo-ideológico del interviniente. La capacidad crítica no existe ni se espera, sólo rige la defensa del propio bando y la persecución del contrario. ¿Hay algo peor para el auténtico periodismo que estas actitudes pseuperiodísticas sectarias y por ende acríticas?