La tentación de blasfemar

Que rebajen sus promesas a algo tan simple y práctico como rotular las calles y numerar los edificios

DIEGO CARCEDO

Nunca he blasfemado; digo muchos tacos, casi tantos como en las series de televisión, pero blasfemar nunca he blasfemado. Y confío que Dios, nunca mejor dicho, me libre. Tal vez vivo del recuerdo de aquellos carteles que colgaban bien visibles en los chigres de mi tierra: «Se prohíbe blasfemar y ser grandón». La prohibición de blasfemar la había decretado el gobernador civil, y de paso jefe provincial del Movimiento, por consejo del obispo, y la de ser grandón pues no lo sé, la verdad. Un día lo averiguaré y lo contaré a quien quiera leerme o escucharme. Lo prometo.

Blasfemar, ya digo, nunca lo he hecho y espero no hacerlo ni en español ni en ninguna de las lenguas, empezando por el bable, que chapurreo. Nunca lo he hecho, pero tengo que decir, y sin que salga de esta columna digo, que ganas algunas veces no me faltan. Mayormente me ocurre, ¡que casualidad!, siempre que me muevo en coche por alguna ciudad, villa o pueblo de este país, es decir, de España. Encontrar una dirección se vuelve más difícil que en Tokio sin hablar japonés. Para mí que lo hacen a propósito, no sé quiénes.

Bueno, sí, los ediles, arquitectos, técnicos municipales y dueños de predios para descargar el hastío de tener que ocuparse de asuntos de poca enjundia pudiendo dedicar su atención a las grandes obras, a las ampliaciones urbanísticas, a las ofertas chinas para levantar rascacielos, a desahuciar a modestas familias para construir apartamentos... Todo menos en poner bien visibles rótulos con sus nombres a las calles y obligar a poner números a las puertas de las casas. ¿Para qué? Pues para que la gente se aclare, coño.

Para que los navegadores no empiecen a dar vueltas como peonzas, para que cuando te dicen que al llegar a la avenida de no sé quien carajo tuerzas a la derecha no veas ni una puñetera esquina donde aparezca ese nombre. Muchas campañas para conducir con precaución, evitar distraerse y mirar sólo adelante y luego resulta que a poco que te descuides te plantan una multa ahora que los ayuntamientos han descubierto que para poder prometer obras y mejoras, y a veces trincar algo por el camino, han encontrado en las sanciones la mejor manera de financiarlas.

Está bien que se haga cuanto en los próximos meses, vísperas de elecciones municipales, vamos a escuchar en boca de los candidatos. Nuestras ciudades, villas y pueblos van a convertirse en paraísos urbanos ya que terrenales no quedan. Que sea así, pero mientras tanto, que rebajen sus promesas a algo tan simple y tan práctico como rotular las calles y numerar los edificios. Todos lo agradeceremos y los seres celestiales más porque dejarán de estar amenazados de agresiones escatológicas.

 

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