TAXI DRIVER

PABLO GARCÍA-MANCHA - MIRA POR DÓNDE

Nunca entendí lo más mínimo de Taxi Driver ni la estupefaciente historia del alucinado excombatiente de Vietnam enamorado de Cybill Shepherd (bueno, esto último sí). La peli relata una obsesión y desdibuja a un tipo que antes de matar, se mira al espejo y se encañona a sí mismo con su celebérrimo ¿me estás hablando a mí? Una peli oscura como la historia de los dos hermanos desalojados ayer bajo kilos y kilos de basura en un piso de Marqués de la Ensenada en el que parecía reinar el póster de Travis Bickle (Robert de Niro) con su mohicana, sonriendo y con dos pistolas en la mano. La foto de Juan Marín con el operario desplegando el cartel en el interior de un camión de recogida entre incontables enseres inservibles tiene algo de distópica. Maletas voladoras, ristras de ajos, televisores descuajeringados, botes de conservas, alfombras enroscadas (nada más inútil y voluminoso) una colección de paraguas... y, sobre todos los cachivaches, el afiche de Taxi Driver, que como una interpelación decostruye por completo la realidad acelerándola hacia el ridículo más sublime. Como si no hubiera tiempo para pensar en nada, como el motor del alma cuando se viste de nada y se enrosca en sí mismo para convertirnos en sombras calcinadas. El taxista loco estaba enamorado pero apenas era capaz de distinguir su instinto de cualquier otra cosa que no le llevara a la muerte. Caminaba solo. Acechaba solo. Hablaba solo. Pero ya no podía soñar. No lo sabía pero estaba muerto mucho antes de raparse la cabeza como un indio. Los hermanos del piso de Marqués de la Ensenada quizás miraban el póster y sólo se fijaban en la sonrisa de Travis.

 

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