¿SURREALISMO O SUBREALISMO?

MARCELINO IZQUIERDO

Cuentan que André Breton, uno de los padres del surrealismo, visitó México en 1938. Extasiado por la artesanía del país azteca, encargó una mesa a un carpintero local. «¿Cómo la desea usted?», pregunto el ebanista, a lo que el escritor francés pidió lápiz y papel y, siguiendo el canon cartesiano, bocetó la mesa en perspectiva. Y fue tal su destreza, que el dibujo parecía haber adquirido la tercera dimensión. El carpintero observó el dibujo con aire perplejo y se despidió. Cuando, días más tarde, recibió Bretón el encargo, observó su primorosa manufactura, lo noble de la madera y su fino acabado. El problema es que el artesano había sido tan fiel al diseño de Breton, que la mesa sólo contaba con tres patas y cada una de altura diferente. «México es el país más surrealista del mundo», proclamó.

El miércoles, visitó Logroño Carmen Iglesias, presidenta de la Real Academia de la Historia y una de las personas más lúcidas que tiene este país. Participó la que fuera preceptora del Rey Felipe VI en el homenaje que Logroño brindó a Luis Díez del Corral. Por desgracia, no asistieron al acto todos lo que hubiera merecido -digámoslo así- uno de los pensadores universales más brillantes del siglo XX.

«En España tenemos la triste actitud de negar siempre o de desconocer lo mejor y a los mejores (...). Somos muy poco proclives a reconocer los méritos de los demás», había afirmado Iglesias.

Parafraseando a Breton, en vez de surrealistas los riojanos somos los paladines del subrealismo, palabro que, entroncado con el aforismo «¡qué chorra más da!», bien podría sintetizar el desapego que sentimos en esta tierra por la cultura y por nuestros ilustres. Un realismo subterráneo, más propio de las cavernas que del siglo XXI.

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