HACER SITIO

MANUEL ALCÁNTARA

La intención de la familia del general de tan alta graduación que fue conocido como Generalísimo es que sus restos sean enterrados en la feísima catedral de la Almudena, pero el Gobierno parece no estar de acuerdo, mientras la Santa Sede se resiste. Ayer, la familia hizo público su deseo, que es notorio, pero el Gobierno no lo tiene claro. El difunto sigue estorbando y lo más urgente es buscarle un lugar apropiado, pero la Iglesia está preferentemente ocupada con los abusos sexuales de buena parte del clero, que es la peor, y con la vigencia de Concordato y las inmatriculaciones. Las cuestiones que nos parecían menores han crecido en la misma medida en que algunas personas se esfuerzan en resolverlas.

La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, visitó ayer el Vaticano y lo encontró como siempre: fortalecido por sus atacantes, pero preocupado por los abusos sexuales, que son inocultables aunques se refugien en la sombra. Lo que llaman crispación, en vez de denominarlo como cabreo sordo, tiene la ventaja de hacernos olvidar dónde ponemos el muerto, que ya no da un ruido, pero sigue dando mucho que hablar. Lo que se produjo en el parlamento de Cataluña fue un delito de auténtica rebelión, pero eso se considera siempre como una algarada absolutamente habitual en las naciones que llamamos «civilizadas», que son las que esquivan las contiendas civiles. Mientras, Roma sigue atareada con el Concordato y la religión en las escuelas. Curiosamente, los delitos de rebeldía no interrumpen la prescripción, pero cambian de rostro, o sea máscara, y el poder ejecutivo presenta su nueva cara. Que es la de siempre.

 

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