UNA SIGUIRIYA FABULOSA

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

La cuarta sesión de los Jueves Flamencos constituyó un verdadero espectáculo en todos los sentidos, una noche redonda de cante donde sobresalió el poderío ancestral de Jesús Méndez y especialmente el cante y la modulación de Antonio Reyes, que dejó sobre las tablas del Teatro Bretón una siguiriya inolvidable, un monumento al flamenco más desnudo gracias a un sentido de la interpretación en el que se dieron citan en su garganta todos los colores y matices que pueden sostener a una voz vibrante y melismática como pocas. Antonio Reyes dibujó la segunda parte de a actuación, la de los puertos, la que según el programa y el sentido del flamenco histórico discurre desde las murallas de Cádiz pasando por San Fernando, Puerto Real, el Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda y Chiclana de la Frontera, desde donde llegó a Logroño un cantaor henchido de inspiración y matices, de solera y de duende. Por su parte, Jesús Méndez trajo al ciclo el sentido del cante de Jerez, el más valiente de todos los cantes, y su actuación fue la más ensimismada de las tres veces que ha actuado en nuestra ciudad. Seco, Jesús, firme, sin contemplaciones, cante de Jerez rancio, como esos vinos que se asoleran en las botas y los suelos de albero de sus asombrosas bodegas en las que se produce un milagro al que se define como crianza biológica. Pero Chiclana también es tierra de vinos, del marco de Jerez, pero sin poder embotellar sus caldos con el nombre de la tierra madre. Quizás por eso se conozca menos su tradición flamenca y vinatera y quizás, también por lo mismo, nos dejó a todos ensimismados cuando se lanzó en la toná inicial por el camino de melisma más fino y después con unos tangos con una entrada tan hermosa que daban ganas de aprenderos al momento, de grabárselos y salir del teatro cantándoselos al personal para presumir de que a uno, por muy torpe que sea, también se le pega la magia del cante sin aditamentos, del cante rendido a su puro ser, a su encanto precioso, primigenio y preciso. Concierto con dos partes, la Méndez sin concesiones, con su poderío heredado de La Paquera, en la que logró momentos muy hermosos por soleá, sobre todo en el remate de las coplas. Y después Antonio Reyes, que reclamó la herencia de su tradición cantaora con dos cumbres, la sonoridad de sus tangos, la belleza hermética, rotunda y genial de la soleá, en la que se pudo disfrutar también de la profundidad creativa del toque de Manuel Parrilla, que parapetado tras su guitarra, y sin querer nunca robar ni una brizna de protagonismo a nadie, demostró su ciencia, su compás, su conocimiento y ese mecer la guitarra para acunar los cantes. La actuación acabó con el público que prácticamente llenó el Teatro Bretón puesto en pie tras un paseo por bulerías en dos turnos sucesivos de Jesús Méndez y Antonio Reyes. Cada uno con sus compás: el de Jerez y el de los puertos y con el tañido de Parrilla. ¡Casi !