Serrín y excrementos

Cuanto más disparatado es el espectáculo de la política, más razones para desentenderse

JOSÉ MARÍA CALLEJA

El matonismo de ese diputado sedicente de izquierdas y nacionalista catalán ¡oxímoron! es perfectamente encajable en la ola de nuevo puritanismo que vivimos y que nos aniquila como ciudadanos.

Es un puritanismo que lleva la palabra traidor en la recámara, dispuesto a disparar en Twitter en cuanto ve que alguien afloja de las adhesiones inquebrantables, así sea Puigdemont convocando elecciones anticipadas (¡lo que nos hubiéramos ahorrado!), o un Borrell escupible por ser español con ese apellido.

El nacionalismo de «serrín y excrementos», en acertada definición de Borrell, ha conseguido que vivamos rodeados de traidores, reales o construidos, de gentes aherrojadas por los constructores de la sociedad ideal, esa del hombre nuevo en la que todo sería perfecto después de aniquilar a los discrepantes.

El diputado sedicente de izquierdas levanta el trofeo de que le echen del Congreso y un conmilitón del antedicho perpetra un escupitajo mediático -no hace falta líquido fáctico para que se televise en directo y se comente mil veces- que resume su idea del mañana nos pertenece. Matonismo teatralizado para que no les llamen traidores al volver a casa, más ahora que asoman elecciones.

Cuanto más disparatado es el espectáculo de la política, más munición acumula el contribuyente para desentenderse, máxime si en el espectáculo aparecen togados con puñetas y políticos dedicados con fruición al reparto del pastel, por delante y por detrás.

En estas, no es casual que se alce protagonista un sujeto como Ignacio Cosidó, que cae en la estulticia de pensar que un mensaje que comparten 146 humanos no acabará siendo publicado y que tiene trienios como embarrador del campo cuando la política de la crispación lo exige. No se pierdan sus vínculos con Villarejo, luz de donde el sol la toman todas las grabaciones, para romperle las piernas, chófer mediante, al inteligente Luis Bárcenas, extesorero del PP, hoy en la fría cárcel madrileña sin que, por tanto, sea capaz de tirar de manta alguna.

Para que no falte de nada en el destrozo general, la Justicia, los jueces, sus organismos supremos y de gobierno, han perdido buena parte de su principal capital: la credibilidad. Menos mal que el juez Marchena, visto el mensaje de Cosidó, se ha quitado del cambalache y ha renunciado al beneficio de ser el jefe de los jueces pactado entre Gobierno y PP. Al hacerlo ha devuelto un aire de prestigio a la Justicia y un reseteo de credibilidad tan necesario como urgente.

El matonismo ruin de la 'izquierda reaccionaria', recomendable libro de Félix Ovejero, se mantendrá vigente mientras a tantos medios les haga gracia, mientras siga vigente el infantilismo de una porción del electorado, educado en la frivolidad solemne.

 

Fotos

Vídeos