Sánchez y su piel de zapa

ANTONIO ELORZA

En apariencia, la caótica celebración del 1 de octubre en Cataluña ha venido a confirmar los diagnósticos que subrayan el desorden reinante en el campo independentista. Un protagonismo exclusivo de las fuerzas de desestabilización, los CDR; unas alteraciones del orden y de las comunicaciones que eran tanto pruebas de vigor como de debilidad, por su carácter limitado a pesar de la ausencia de oposición por las autoridades; la bendición dada a los revoltosos por el president Torra, incitándoles a «apretar», para luego tenerse que emplear a fondo los Mossos como único medio de impedir la toma del Parlamento por los herederos 'estelados' de Lerroux y Dencás. Ciertamente, caos hubo y los discursos cruzados dieron la impresión de que las diferencias eran reales, con Puigdemont clamando desde Bruselas por la acción no violenta, eso sí, sin condenas concretas, lo cual lleva a pensar en sentido contrario que todo fue pura pose de cara a Europa.

Al día siguiente el discurso de Torra y la conducta de la mayoría independentista (más Comunes), desoyendo la resolución judicial sobre los diputados encarcelados o huidos, vinieron a probar que todo seguía como antes, peor que antes. Para cerrar el círculo de la sinrazón, Torra lanzaba un luego matizado ultimátum dirigido a Pedro Sánchez: o referéndum de autodeterminación, o fin del apoyo parlamentario, con el propósito de acelarar la caída del Gobierno. La hipótesis más verosimil es que Quim Torra, la máscara de Puigdemont, es decir Puigdemont, ha optado por la huida hacia delante como único medio de conjurar una presión de sus propios extremistas, que iba creando problemas cada vez mayores .

Irregularidades difíciles de ocultar por mucho que el jefe de los Mossos declarase cínicamente que quienes asaltaron el Parlament no eran miembros de los CDR, sino «radicales». Contamos así con un nuevo protagonista desconocido cada vez que sea necesario tapar la violencia de la CUP y los suyos. Citando a Simone Weil, Santos Juliá ha calificado la estrategia independentista como «la mentira organizada». Impecable.

Apenas han pasado los desgarros producidos por la ofensiva contra sus ministros/as y el tejido mágico que Sánchez exhibió al hacerse cargo del Gobierno español, está así a punto de perder el pedazo de mayor importancia: el «diálogo». Felipe González ha puesto de relieve que la eficacia del diálogo es más que dudosa, en la medida que el interlocutor, Torra, tiene ya decidida una postura inamovible, la autodeterminación para la independencia -y con ello la autodestrucción de España, añade Felipe- y por consiguiente no tiene mucho sentido esperar nada de una partida de ajedrez donde un jugador está en condiciones de forzar las tablas por repetición de movimientos, si el rey del oponente no se entrega. La situación reproduce la existente en tiempos de Rajoy, con Puigdemont enfrente, supuesto que el político conservador hubiese estado dispuesto a ofrecer alguna reforma. El independentismo reproduce siempre la oferta pluralista sobre la cual se bromeaba bajo Franco: Podía elegirse cualquier color de automóvil, siempre que éste fuera negro. Ahí estamos.

¿Ha servido de algo el incipiente diálogo? Para el Govern, sí. Ha obtenido 1.500 millones de euros y el Ejecutivo de Sánchez declara y activa su voluntad de propiciar soluciones favorables en el plano legislativo, e incluso penal. Más no puede hacer. En las palabras, lamenta la represión ejercida hace un año el 1-O (sin la menor mención al golpe de estado del 6-7 de septiembre ni al vacío creado por la inhibición de los Mossos), condena las posiciones de PP y Ciudadanos (nunca aparecerá unido a ellos, ni siquiera para expresar el rechazo a una votación ilegal del Parlament) y pasa por alto los exabruptos de Torra, considerándolos «solo palabras» (palabras que empujan a los CDR y asociados a agredir a los manifestantes de otro signo o a tratar de asaltar el Parlament).

Aunque no todo puede ser inútil. Sánchez apuesta por mostrar a toda costa que si fracasa el diálogo, léase una solución política para el embrollo catalán, no será por culpa suya y sí de la intransigencia absurda del Govern. Y en esta pretensión le apoya con eficacia el discurso maximalista de Pablo Casado, con Ciudadanos a su sombra, proponiendo como salida un estado de excepción permanente para Cataluña. Todos a la cárcel: Nada mejor para acelerar la independencia.

A la hora de apretar, no solo aprietan los seguidores contestatarios de Torra. Ortuzar anuncia que la paciencia se acaba. ERC se ve obligada a no ceder en la puja y se suma a Torra. Y el aliado preferente, Pablo Iglesias, deja ver sus garras durante una entrevista dulce, dulce, organizada para su lucimiento el 1-O. Es buen actor, nunca alza el tono, habla la voz de la experiencia, y como es habitual en él, sin detenerse a argumentar sobre su cascada de falsas evidencias. Si algo bueno hizo Sánchez es gracias a Podemos, descalifica a Duque citando a Sánchez, PP y C's son desechados como «la extrema derecha» y en Cataluña, al unísono con Torra, referéndum y referéndum, sin consideración crítica alguna sobre la satanización del otro desde el independentismo. Ya sin Domènech, Podém le sigue en el Parlament. Y con sus propuestas presentadas a la opinión, Iglesias tiene la coartada para precipitar la caída de Sánchez, y aparecer en las elecciones como la verdadera izquierda. Al modo de Lenin, otra cosa no le interesa.

Del 1-O y sus preliminares queda en fin, algo más: El cerco al constitucionalismo se ha estrechado, con respaldo abierto del Govern. Si quitas lazos a la luz del día, te pueden romper la nariz impúnemente, y las feministas callan. Si te manifiestas, eres fascista y te agreden. Torra les convocó a «ocupar la calle», y lo han hecho. Óptimo ambiente totalitario para debatir en libertad sobre la suerte de Cataluña.

 

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