Salvemos el comercio

Mayte Ciriza
MAYTE CIRIZA

Mamá, ¿te gustan estos pendientes?», me preguntaba mi hija este fin de semana. «Sí, muy chulos, ¿dónde te los has comprado?», le pregunté. Y con un gesto de extrañeza, me contestó: «Pues, ¿dónde los voy a comprar? ¡En Amazon!». Me sorprendió, sobre todo, el que diera por hecho que lo normal es comprarlo por internet.

Mi hija, al fin y al cabo, es una nativa digital. Me llamó más la atención lo de mi suegra. El verano pasado, mi santo estaba alucinado porque su madre -con 78 años- había comprado por Amazon una máquina desbrozadora para su huerto en Arancón, un pequeño pueblo perdido en las tierras altas de Soria. Según le dijo, así no tenía que pedir a nadie que la llevara a la ciudad a comprarla y, además, se la enviaban a casa.

Lo que necesitas puedes comprarlo con un click en el móvil desde el sofá de tu casa, sin tener que cambiarte, ni salir, ni pagar por aparcar, ni mojarte si llueve. Puedes comprar cualquier cosa y sin perder tiempo. Es una comodidad impagable. Pero luego, ¡ay!, cuando salimos de casa, nos gusta ver las calles iluminadas por los escaparates, dando vida a la ciudad.

El comercio local, de proximidad, hace habitables nuestras ciudades, las llena de actividad y de contenido, las dinamiza. También genera más responsabilidad social, porque esta economía revierte en la propia sociedad, ya que crea puestos de trabajo, paga impuestos en el municipio y es también un atractivo turístico. ¿Preferimos vivir en un barrio que no tenga tiendas para comprar los productos básicos o queremos una ciudad con comercios y servicios a nuestro alcance?

Mientras haya competencia, los gigantes de Internet ajustarán sus precios, pero camparán a sus anchas y pondrán los precios que quieran si llegara a desparecer la competencia del comercio físico.

Entre el comercio electrónico y las grandes superficies que están a las afueras, y que no contribuyen al dinamismo y a la vida en sus calles, nos estamos cargando el alma de la ciudad. En Logroño, la situación es muy preocupante. Se van cerrando no solo comercios centenarios sino otros muchos, ya modernos, que eran reclamo y seña de la vitalidad de la ciudad, sustituidos por cutres bazares chinos. Además, los locales vacíos se llenan de pintadas y de suciedad, afean y devalúan el entorno. Y sin tiendas, las calles son más inseguras.

Este es el dilema al que nos enfrentamos. Si queremos salvar la actividad en nuestras calles, si queremos ver una ciudad en la que cada mañana abren los comercios, si queremos preservar nuestro modelo de vida en la ciudad, tenemos que hacer un plan de choque que pasa, para empezar, por bajarles los impuestos. Antes de que sea demasiado tarde, para salvar la ciudad, salvemos el comercio.