NO SABE, NO CONTESTA

TERI SÁENZ - CHUCHERIAS Y QUINCALLA

Cuando el yayo Tasio completa el paseo con que arranca cada mañana por prescripción facultativa acostumbra a llegarse para tomar aliento a la cafetería del barrio. Aunque llamarla así es decir mucho. Se trata de una tasca con serrín en el suelo, baños ajados con un alambre colgado de la cisterna y olor a vinazo que hasta que llega la parroquia para ir de chiquiteo despacha media docena de cafés con leche. Uno de ellos (descafeinado) es el que bebe el abuelo. Los otros son los que piden otros jubilados como él que, al igual que él, matan la mañana dando vueltas a la cucharilla mientras esperan su turno para leer el periódico. Mientras esa improvisada tropa ociosa sopla la leche hirviendo, no es raro que se enfrasquen en alguna discusión. Basta con que el que está ojeando la prensa lea en alto un titular quejándose de esto o lo de más allá para que otro de sus compañeros de sala secunde su reflexión elevando también la voz. Tampoco es raro que un tercero la suscriba o el de más allá la rebata, convirtiendo aquello en un rancio sucedáneo de esas tertulias atropelladas que inundan radios y televisiones. El momento álgido de esos debates bizarros llegó el día que todos los abuelos empezaron a pisarse la palabra. Como Tasio era el único que no abría la boca y la porfía se enquistaba, le exigieron que se pronunciara. El yayo ha olvidado cuál era el tema que tanto les encendía. Sólo recuerda que no sabía lo suficiente para atreverse a dar un veredicto personal. O si había escuchado algo, le parecía una osadía concluir nada sobre algo que ni le incumbía. De pronto, se hizo el silencio. Los inquilinos de la cafetería miraron a Tasio con estupor, agacharon la cabeza y, aunque no lo dijeron, todos pensaron que el yayo chocheaba.