La Rioja, tierra de paso

Hacemos publicidad para atraer rodajes de películas y series de televisión ambientadas en La Rioja, pero no cuidamos el escenario

Los que vivimos en la Rioja en verano sabemos que no hay mejor lugar en el mundo para quedarse -no solo para pasar por ella- y nos llama mucho la atención que los turistas nos visiten cada vez menos (el 19% menos en el 2017, cuando las comunidades vecinas aumentan más del 20%). No me cabe duda de que tiene mucho que ver en esto la situación en la que se encuentra nuestro patrimonio. No se invierte en su conservación-restauración como invierten en ello las comunidades vecinas y por eso nos ganan en el turismo de calidad. Es conocido el dato reciente del descenso de visitantes, incluso para las rutas que son el punto fuerte de la comunidad, las enológicas (4% menos este año, cuando aumentan nuestras comunidades vecinas). Empezamos a darnos cuenta de que hemos apostado por el vino sin cuidar al mismo tiempo el patrimonio cultural y el paisaje que le acompaña.

Escribí en este periódico una tribuna en defensa de la recuperación del Castillo de Davalillo y su entorno paisajístico inigualable, y la titulé 'Turismo para salvar nuestro patrimonio monumental'. El turismo cultural es una vía no sólo de enriquecimiento económico del punto de acogida de los visitantes sino que puede ser una forma de inversión sostenida en el tiempo y sostenible para la restauración del propio patrimonio. Y este patrimonio mejorado atrae a la vez más visitantes. Es un círculo virtuoso. Por eso esta columna tratará de lo contrario: de cómo necesitamos velar por el patrimonio para salvar el turismo. No me cabe duda de que es el futuro de La Rioja lo que está en juego y no hay tiempo que perder. La situación de abandono de nuestros monumentos y de pueblos históricos importantes como Haro, Nájera, Calahorra, etc. llama muy negativamente la atención de los expertos (en concreto, de los que acuden a la escuela del Instituto de Patrimonio Cultural de España, con sede en Nájera, que celebra frecuentemente congresos nacionales e internacionales). Ese progresivo deterioro es también algo que los que vivimos fuera de La Rioja escuchamos en cada encuentro sobre patrimonio nacional. Se nos compara siempre, para nuestro sonrojo: La Rioja no ha cuidado su patrimonio al mismo nivel que las comunidades vecinas. Y se nos recuerda también que tenemos un riquísimo patrimonio que podría atraer a turistas de todo el mundo, si estuviera mejor cuidado. Es cierto que los vascos tienen más dinero. Son más y presionan mejor al Gobierno.

Tanto cuando gobernaba el PP en España como ahora, La Rioja es la comunidad que recibe menos presupuesto de Madrid. Parece que seguiremos siendo una comunidad 'de paso' para los Presupuestos del Estado, como también lo somos para los turistas. Y lo seguiremos siendo salvo que empecemos ya a pensar en planes estratégicos de altura y permanencia en el tiempo. Por lo pronto, podemos recordarle al ministro Ábalos los orígenes riojanos de su apellido. Y, con su beneplácito, exigir que empresas como Renfe o Iberdrola, que usan y 'contaminan' el paisaje riojano, se involucren más en su cuidado. Los necesarios tendidos de cableado podrían instalarse mucho mejor; y las vías ferroviarias ser menos agresivas con el entorno. En la cuenca vinícola del Rin y el Mosela hay vías en ambos lados de los ríos; pero apenas se nota el paso de los trenes junto a los pueblos con castillos de ensueño.

Quizás estemos a tiempo aún de mejorar las infraestructuras existentes -el gobierno central debe escuchar a la Rioja también- en vez de intentar vender un falso progresismo en el que ya nadie cree. Con el AVE pasando por La Rioja, camino del País Vasco, no se quedarán más los turistas, sino que habrá una cicatriz nueva en nuestro paisaje. Los turistas vendrán sólo si La Rioja es el epicentro del turismo enológico de la zona. Y para eso, también las bodegas deben involucrarse más en el cuidado del patrimonio. No es de recibo que el casco histórico de Haro esté lleno de palacios cerrados y con una imagen de abandono que asombra al visitante cuando, por su importancia, debería ser uno de los puntos históricos de referencia nacional sobre el vino.

Estamos en un momento magnífico para hacerlo. Celebramos el Año Europeo del Patrimonio Cultural (millones de subvenciones que se entregan al que sabe pedirlas), y contamos con un paisaje que podría estar en la consideración de Patrimonio de la Humanidad que otorga la Unesco, si se cuidara un poco más el tema de las infraestructuras que lo destrozan. Estamos también en el año en el que España preside la red de la Federación de los Pueblos más bonitos del Mundo, y tenemos dos pueblos ya en la lista nacional, aunque podrían entrar más si siguen el ejemplo de Briones y Sajazarra. No se trata solo de restaurar monumentos aislados, aunque también esto es importante. Pero lo más valorado hoy es el patrimonio ambiental, el de los pueblos integrados en sus paisajes. Y desgraciadamente, el patrimonio ambiental de La Rioja, salvo en los pueblos de la montaña, deja mucho que desear. Incluso los casones antiguos de nuestros pueblos parecen abandonados, a punto de hundirse en muchos casos, a pesar de la larga historia que hay detrás de algunos de ellos, como es el caso de los palacios de Casalarreina, de los Manso de Zúñiga o de Hervías, que podría ser un museo dedicado al Marqués de la Ensenada, riojano de importancia universal.

Hacemos publicidad para atraer rodajes de películas y series de televisión ambientadas en la Rioja, pero no cuidamos el escenario. Todos estamos de paso por la vida; y es importante estar de paso en la política al servicio de los ciudadanos. Pero La Rioja no puede ser un mero lugar de paso en el corazón de los riojanos y en el de los visitantes exigentes.

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