La Repulgo

JULIA CIBRIÁN

En una de las escuelas de mi infancia había una maestra alta, morena y enjuta a la que las sucesivas promociones llamaban 'la Repulgo'. Otra era simplemente 'la Pulga'. De ésta decían que era sorda, hecho que resultó mentira cochina dada la inesperada lluvia de cachetes que repartió tras el primer murmullo. Éramos niñas y niños que ignorábamos a qué distancia había que guardar la ropa. Repulgo según el saber popular es una puntada pequeña y espesa, útil para coser dobladillos como los que relucían en las mangas de las profes. También significa recelo, inquietud. La Repulgo no daba recelo, daba costura, asignatura mimada en los centros nacionales. Era una mujer pura amabilidad, templada y serena ante una tropa armada de puntas no por finas menos siniestras. Los primeros días la seño era contundente ante su amenazador «cuadro de las lanzas»: «¡Atención, niñas! Todas con la aguja en la mano, punta hacia abajo, arriba orificio ovalado, hilo en la mano, chupen un extremo, introduzcan el cachito húmedo por el agujerito, y ya está. ¡A coser!» Si alguna se tragaba el hilo, mal menor que la Repulgo agradecía al Altísimo, la aguja se había salvado.

Solían coincidir las llamadas labores con la hora en que los chicos se tiraban por el patio tras una pelota de fútbol, apostaban a las canicas o rodaban un aro. Después, todos juntos, sin discriminación sexual ni absentismos camuflados, eran puestos en fila por la Pulga. La pulga, como es sabido, es un insecto sin alas, pequeño, de color negro rojizo, brazos cortos, patas fuertes y adaptadas al salto. La Pulga de la escuela tenía la mano larga y mejor adaptada al salto que las patas. Enseñaba religión, o sea, el catecismo, la historia sagrada, la fe nacional, la longitud de las faldas y la distancia alumno/alumna. Por apreturas del edificio chicos y chicas compartían en distintos horarios el patio de recreo, pero la charla religiosa era a cubierto y no había espacio que desdoblar.

El primer asalto, la entrada y asentamiento del agreste rebaño en su banquito y no en el más próximo al ventanal, lo ganaba la Pulga. Por atronadora y convincente voz de mando y por su garra en forma de caña que pescaba al vuelo a los renacuajos con triquinosis agnóstica que intentaban pirarse. A veces, el letargo reparador del yoga cristiano, misterio tras misterio, calmaba a la tropa hasta que la paz era rota por un ronquido. Entonces, el picotazo de la Pulga clamaba por la virtud y advertía que las modistillas torpes y los mozalbetes avispados siempre morían después de haber pecado. La que avisa... El estruendo de la chiquillada menguaba notablemente los días en que la Pulga por arte de magia administrativa se convertía en el Pulgón, un fraile calvo, de mandíbulas sonrosadas y manos regordetas, inhábiles para la captura de ranas voladoras y flojas para el sopapo.

Eran otros tiempos, y analizados con sana/insana perspectiva el momento y la circunstancia histórica, la costura y el rosario (y el ángelus, y la novena, y los primeros viernes de mes, y las rogativas) eran como una FP precursora. Quizá semillero de una Purificación García, de una Bimba Bosé, de una Cocó Chanel, principio quieren las cosas; de un Helder Cámara, de un Leonardo Boff, de un don Tomás o un don Romualdo, párrocos rurales de los que sus feligreses guardan memoria de por vida.

Apenas existía fracaso escolar. A los 14 años las chicas se colocaban en las fábricas de la localidad o se tiraban a la taquimecanografía o al ajuar; los chicos, a la fresa o al caravista. Alguno se iba al seminario. Y todos felices, porque un cura en la familia daba pisto, representación social, vacuna fiel contra antecedentes penales.

Nostalgia, divino tesoro.

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