Una república del absurdo

El independentismo ha ido tan lejos en su desvarío que no se ve en condiciones de volverse atrás

La crisis catalana se encaminó hacia el absurdo a medida que la movilización continuada del independentismo permitió a éste negarse a reconocer sus propios límites. El secesionismo no cuenta con la mayoría social de los catalanes, ni en el voto ciudadano ni en las encuestas, tal como recordaba hace unas semanas el diputado de Esquerra, Joan Tardá, calificando de «estúpidos» a quienes no acepten tal evidencia. El unilateralismo rupturista genera mucha preocupación en el entorno europeo y ningún apoyo, de modo que resulta ridículo el empeño de Puigdemont de erigirse en el artífice de una corriente de simpatía internacional hacia su causa. La mayoría parlamentaria favorable a la creación de un estado propio en forma de república no ha sido capaz de articular un proyecto político unitario y viable; hasta el punto de que estuvo al borde de zozobrar la última semana, sorteando al final las desavenencias entre JxCat y ERC mediante un compromiso que expirará cuando el Supremo dicte sentencia sobre los procesados por el 1-0. Además, esa mayoría se está mostrando políticamente insolvente a la hora de gobernar las instituciones de la Generalitat en el ejercicio de las atribuciones que emanan del vigente Estatut, por lo que si no alcanza a gestionar 'lo menos' es inconcebible que pretenda lograr 'lo más'. El ensimismamiento independentista ha conseguido que el secesionismo crea representar a Cataluña y sus intereses en su totalidad. Es esa percepción exclusivista la que no solo impide a los independentistas aproximarse siquiera al principio de realidad sino que, además, les lleva a excluir a la otra mitad del país, convenciéndose de que con el tiempo conseguirán neutralizar o anular esa voluntad colectiva diferente. Si en octubre del año pasado el independentismo gobernante llegó a desbordar los cauces de la legalidad hasta convocar y celebrar un referéndum ilícito primero y una declaración unilateral de independencia después se debió a que solo se ve en condiciones de hacerse valer a través de la espiral de los agravios y la confrontación. Del mismo modo que logra preservar un mínimo de unidad entre los partidarios de una república propia solo en torno a la solidaridad hacia los políticos independentistas presos. El problema para Cataluña, y en esa medida para España en su conjunto, es que el independentismo ha ido tan lejos en su desvarío que no se ve en condiciones de volverse atrás.

 

Fotos

Vídeos