El reino fungi entre moros y cristianos

Las Jornadas del Champiñón y la Seta están muy bien, pero unas jornadas para la convivencia entre el colectivo magrebí y los vecinos de la zona estarían mucho mejor

LUIS BAROJA. - PINTOR Y PROFESOR

El hongo comestible del que viven muchas familias de moros y cristianos en La Rioja Baja supuso la ruptura con las bases agrarias primigenias. No necesitaba la luz solar para desarrollase, no era una planta, dependía de la energía artificial y su ciclo reproductivo demandaba mucha mano de obra. En 30 años, el champiñón y la seta han incrementado notablemente su rentabilidad gracias a la acción emprendedora, a una coyuntura crediticia favorable y a una mano de obra extranjera abundante y barata. Aunque se han logrado avances en variedades y técnicas de cultivo, el sector no es capaz de garantizar las necesidades del presente sin comprometer a las generaciones futuras. Tiene pendiente el desarrollo social, porque la cohesión entre migrantes y autóctonos no ha alcanzado niveles satisfactorios de convivencia; y un reparto más razonable del crecimiento económico.

Al principio, solo llegaron musulmanes varones, pero en los 90 vinieron con sus familias para asentarse. La Administración no supo anticiparse para adecuar la demanda de los servicios sociales. Así, hoy la convivencia con la población autóctona mantiene un equilibrio inestable en el que persisten actitudes xenófobas y comparaciones en negativo con otros grupos de inmigrantes de países del Este o de Latinoamérica. El colectivo magrebí es el más numeroso y el más visible por razones obvias y su manera de vivir la religión contrasta mucho con la nuestra. Pero una cosa es clara: si consiguiésemos lograr un nivel óptimo de respeto entre estas dos religiones, que en origen tenían aspectos en común, podrían mejorar mucho las relaciones. Tal y como dijo el autor pagano Quinto Aurelio Símaco, «contemplamos los mismos astros, el cielo es común a todos, nos rodea el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene con qué doctrina indague cada uno la verdad?».

El nivel cultural del migrante musulman es en general bajo, no es la crema de la intelectualidad, hecho que no se corresponde ni con la realidad de sus países ni con lo que nosotros podríamos desear. Además, han venido porque tienen problemas y cuando la gente tiene problemas tarda más en pensar en los demás. En definitiva, todas las culturas deseamos lo mismo, que nuestros hijos vivan mejor que nosotros. Muchos han nacido aquí, se educan en la escuela y en la calle, pero... al llegar a casa, sus madres apenas hablan castellano porque casi no se relacionan con las mujeres locales de las que podrían aprender cosas y viceversa.

Muchas veces se habla de integración como si se tratase de la inserción entre tornillo y tuerca, donde un elemento se ha de adaptar al otro. Pero, la cuestión no es integrar sino, más bien, convivir, ponerse en su lugar, hablar con ellos, saber como piensan, ver lo que tenemos en común, interesarse por su país de origen y por su folclore, hacerles partícipes de nuestra fiesta y animarles a que muestren la suya. Convivir significa que tengan en general más presencia y que vivan su vida más allá del invernadero.

Tengo la impresión -puede que equivocada, pero eso no me impide expresarla- de que somos más condescendientes con otros colectivos de inmigrantes con los que vamos de guays, mientras que con la comunidad magrebí torcemos el morro y ellos lo notan. No les pedimos que convivan, les pedimos que no molesten, que sean discretos y por ahí no vamos bien. La segunda generación se adapta mejor a nuestro tipo de sociedad -aunque en muchos aspectos no es un modelo- pero, ¡ojo!, no sienten el agradecimiento de sus progenitores.

El Centro Tecnológico de Investigación del Champiñón se creó para potenciar el sector. Esto esta muy bien pero, ¿y las personas qué? ¿Quién se ocupa de potenciar la convivencia y de mitigar los efectos de la islamofobia patente? La Administración pensará que dejar el asunto en modo espera es hacer algo, pero, ¡se equivocan! Esa dejadez en tres décadas ha tenido efectos negativos para el clima social. «Las jornadas del champiñón y la seta» están muy bien pero unas jornadas para la convivencia entre el colectivo magrebí y los vecinos estarían mucho mejor.

Para que haya más cohesión social entre ambas comunidades, los hombres musulmanes también deben tomar nota: sus esposas han de gozar de más libertad. Esto no significa que se suelten el pelo, ¡que lo lleven como quieran!, sino que sus maridos han de dejarles más espacio, vamos... ¡Que corra el aire!

Nos queda por delante un reto en el se divisa un horizonte inquietante. El tiempo hablará, y mientras lo hace, quizás no deberíamos ser ni tan cristianos ni tan musulmanes. Las religiones han estado sobrevaloradas. No han de ser fuente de conflicto en pleno siglo XXI. Ya no son tan relevantes para una sociedad que ha evolucionado. No obstante, mis respetos para ambas. ¡Que Dios nos bendiga, barak Al lahu fik!

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