Un referéndum sobre Trump

La sensación a las puertas de estas legislativas es que quien mejor puede derribar al presidente no es otro que él mismo

Las elecciones legislativas del 6 de noviembre son el primer test electoral de la presidencia de Donald Trump. En un país muy dividido, los activistas tanto republicanos como demócratas se están movilizando más que nunca para retener o ganar el mayor número de escaños. En los entornos rurales a los partidarios del presidente les va bien, mientras que en las grandes ciudades son sus opositores quienes avanzan. La previsión es que los demócratas conquisten la mayoría en la Cámara de Representantes, pero que no consigan lo mismo en la renovación parcial del Senado. El control de la Cámara alta es esencial para los planes en marcha de Trump de orientar el poder judicial hacia el conservadurismo y en las confirmaciones de altos cargos, dada la alta rotación de su gobierno. Asimismo, el Senado es la institución que eventualmente daría luz verde a un 'impeachment' (juicio político de destitución) al presidente, si los demócratas en la Cámara lo pusieran en marcha. La buena situación de la economía y las reglas del sistema electoral son las bazas a favor de los republicanos. Pero los ataques permanentes del presidente a valores constitucionales y su agresivo desprecio a cualquiera que no comparta sus ideas han hecho que millones de personas vuelvan a mostrar interés por la política, muchos con la conciencia de que la democracia estará bajo amenaza mientras Trump siga en la Casa Blanca.

Con más inteligencia política de la que normalmente se le reconoce, el presidente quiere que estos comicios se entiendan como un referéndum sobre él. No es solo cuestión de narcisismo extremo -todo gira en torno a su ego mayúsculo-, sino de estrategia. En el caso de que los republicanos mantengan la mayoría en las dos cámaras, puede apropiarse del triunfo y aumentar aún más su control sobre el partido. Si pierden la Cámara, el presidente culpará a los moderados y los acusará de no ser suficientemente leales a su persona, también con el fin de salir reforzado de las elecciones. El magnate neoyorquino busca catapultarse hacia un segundo mandato, por el que peleará en noviembre de 2020. Por ahora los republicanos aceptan los excesos e indignidades de su presidente, con tal de poder aprobar medidas económicas y sociales como bajadas de impuestos, desregulación medioambiental o aumento del gasto militar. Esto no significa que dentro de dos años no surja un republicano moderado que le plante cara en unas primarias. En el bando demócrata, cada semana aparece un candidato a presidente, pero ninguno posee las cualidades para ser un claro ganador. Algunos políticos del pasado quieren volver (Joe Biden, tal vez John Kerry, incluso Mitt Romney) y media docena de políticos jóvenes emergentes, escorados hacia la izquierda populista, se creen con posibilidades. La sensación a las puertas de estas elecciones legislativas es que quien mejor puede derribar a Trump no es otro que él mismo.

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