Lo real

Muchos de quienes hoy protestan en Cataluña son los mismos que ayer reclamaban la independencia

FELIPE BENÍTEZ REYES

Si hablas de Cataluña con un catalán y tienes la imprudencia de dar una opinión sobre esa especie de yincana patriótica que allí se libra, lo habitual es que te objete que para poder entender aquello hay que vivir allí. En directo, porque a distancia, al parecer, el juicio del foráneo, de por sí deformado y deformante, se deforma aún más, hasta el punto de que más que un juicio parece no ya siquiera un prejuicio, sino una profanación intrusiva en los misterios regionales. Con un poco de aplicación y de lectura, uno puede entender lo que pasó en la guerra de las Galias o en la crisis de los misiles, en la revolución de los claveles o en las guerras del Peloponeso, pero para entender el enigma catalán hay que ser, por lo visto, catalán. Un poco como lo del Palmar de Troya: si no has tenido la suerte de que se te aparezca la Virgen María en lo alto de un arbusto, ¿qué derecho tienes a ir allí a molestar con tus agnosticismos pequeñoburgueses, cuando ellos están en fase de misticismo culminante?

De nada sirve argumentar que el independentismo engloba a uno de los sectores más recalcitrantes de la derecha tradicionalista, con sus macrocorrupciones incluidas en el lote. De nada argüir que los sentimientos nacionalistas resultan muy peligrosos, sobre todo para los propios nacionalistas, porque en esto se empieza agitando pacíficamente un banderín y se puede acabar pintando dianas en la fachada del vecino.

De nada sirve echar mano de la historia y argumentar que la promoción de las difusas identidades colectivas sólo tiene utilidad para crear fracturas que, por artificiales, resultan irreparables. De nada suponer que el 3% es mucha carga porcentual. De nada insinuar que la política no consiste en administrar entelequias que levitan por un mundo de utopías pintadas con colores puros, sino en gestionar realidades de tono por lo general más bien sombrío.

En estos días, muchos catalanes se han echado a la calle no para exigir una república en la que la gacela dormirá la siesta en el regazo de la leona y en la que el activista de la CUP brindará con ratafía con el oligarca nativo, sino para reclamar un poco de realidad. Un poco de realidad en medio de esa alucinación armonizada por un Napoleón que, tras salir por pies de su campaña rusa, procura convertir su Waterloo en una victoria. Como era previsible, el independentismo en bloque se ha apresurado a proclamar que nada de esto pasaría en una tierra liberada de sus invasores.

Sin duda, muchos de quienes hoy protestan son los mismos que ayer reclamaban la independencia, y seguirán reclamándola mañana. Y eso es lo conmovedor: nadar graciosamente entre la fantasía florida y la realidad en crudo. Nadar y guardar la ropa. Ahogarse ondeando una bandera. La bandera, en fin, de Shangri-La.

 

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