Puigdemont enrocado

El nacionalismo catalán insiste en reclamar un referéndum de autodeterminación cuando el camino está cegado

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, celebró ayer junto a su fiel escudero Quim Torra su retorno a Waterloo con una rueda de prensa en la que, fundamentalmente, anunció a Pedro Sánchez que su periodo de gracia ha terminado y preguntó al jefe del Gobierno español cuáles son sus recetas para encarrilar la negociación que propone. Dejó claro que, aunque él y los suyos continúan pensando que la mejor vía es alcanzar acuerdos, eso no significa renunciar a la soberanía. El planteamiento de Puigdemont reitera la inviabilidad del unilateralismo: sabe bien el líder nacionalista, porque Sánchez ya se ha expresado al respecto, que la única fórmula de negociación que puede admitir el Estado es la de una nueva reforma del Estatuto en el marco constitucional, recuperando algunas de las competencias cercenadas por el Tribunal Constitucional en la sentencia de 2010 y sin descartar una reforma federalizante del Título VIII. Esta propuesta, que plantea serias dificultades (de momento, no existe consenso suficiente), permitiría votar a los catalanes su 'statu quo' y, si hubiera reforma constitucional, también a todos los españoles. Pero si el nacionalismo descarta esta vía e insiste en reclamar un referéndum de autodeterminación, el camino está cegado. De momento, la crisis del PDeCAT provocada por Puigdemont y la formación de la Crida Nacional Republicana sugieren que el líder nacionalista no se apea del unilateralismo, pero es patente que en su propio ámbito conservador empieza a haber oposición y que ERC no va a someterse a la OPA política que ha lanzado el heredero de CDC. Es más, cada vez es más claro que no es sostenible una situación en que la mitad de la sociedad catalana se siente arrollada por la parcialidad sectaria de las instituciones en manos del soberanismo, que no acatan su obligación democrática de neutralidad. La paciencia de la ciudadanía empieza a agotarse. De donde parece deducirse que si Puigdemont no muestra receptividad ante la voluntad negociadora del Estado, que por supuesto no renunciará a ninguno de sus grandes fundamentos, podría empezar a verse paulatinamente abandonado por una sociedad y unas superestructuras políticas cada vez más hartas de tanta intransigencia y deseosas de recuperar el camino apacible de la democracia, de la estabilidad y del desarrollo.

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