Pueblos sin cura

ALONSO CHÁVARRI

Que los pueblos riojanos, cada vez más, se están quedando como lugares para pasar el verano, es una evidencia, como también lo es que el censo mengua sin pausa; cualquier pueblo tiene ahora la cuarta parte de personas censadas que cincuenta años atrás. Esta pérdida de población ha llevado aparejada la desaparición de muchos oficios y ocupaciones, que se practicaban de forma exclusiva o bien compaginados con la agricultura. Recordando, a vuelapluma, en mi pueblo riojano, que ha pasado de setecientos a doscientos censados, han desaparecido los siguientes oficios: carnicero, pescadero, dependiente de coloniales, guarnicionero, carpintero, herrero, carbonero, harinero, jabonero, taxista, camionero, enfardador, pregonero, salero, trajinero, pastor, posadero, molinero, organista, mancebo de farmacia, estanquero, lechero, encargado de teléfonos, empleado del silo, cacharrero, esquilador, encargado de la electra, vendedor de leña, cartero, sacristán, guarda del campo, guarda de la caza, asentador del vino, escribiente de la harinera, agente de la Caja, oficinista del silo... y me dejaré algunos. Todos estos trabajaban y vivían en el pueblo, así como los funcionarios: médico, farmacéutico, veterinario, sacerdote, maestro y maestra, jefe del Servicio del Trigo, secretario del Ayuntamiento... Que los funcionarios vivieran en el pueblo era una gran ventaja, no sólo por comodidad de los vecinos y la buena atención que recibían, sino por su influencia en la vida social y cultural del pueblo.

Los funcionarios se marcharon, poco a poco; o bien desaparecieron o se fueron a vivir a la ciudad y atendían en horario reducido. Primero se fue el «Jefe», cuando desapareció la obligación de entregar el trigo en los silos del «Servicio»; luego se marcharon el médico y el farmacéutico; después los maestros, el veterinario, el secretario... todos; sólo quedaba el cura y, en la reciente reestructuración eclesiástica provincial, el obispado se lo llevó a otro pueblo mayor. Esto de los curas merece una reflexión, pues se ha pasado de haber un cura en cada pueblo, por pequeño que fuera, a que cada sacerdote llevara dos parroquias, luego tres... hasta que ya, en la mayoría de los pueblos, sólo acude un sacerdote desconocido a decir misa los domingos. El asunto puede parecer trivial, pero no lo es, pues los jubilados, que son mayoría en los pueblos pequeños, suelen organizar su vida entre el Hogar de la Tercera Edad y las actividades relacionadas con la iglesia; y pueden sentir mucho quedarse sin cura.

Esto nos lleva a otra cuestión interesante: la escasez, en los últimos tiempos, de sacerdotes católicos, lo cual, desde mi modesto punto de vista, se debe a las arcaicas estructuras de la Iglesia, que se sigue negando a aceptar sacerdotes casados y a ordenar a las mujeres; si fuese una institución civil, los gobernantes no les permitirían relegar a la mujer, por anticonstitucional. Creo que los anglicanos y otras iglesias cristianas llevan ventaja en esto. Esperemos que el tiempo y la escasez de vocaciones haga reflexionar a los ministros de la Iglesia Católica, porque, si no, el clero lleva camino de desaparecer. La Iglesia no, naturalmente.

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