LO QUE TEO PUDO VER Y FOTOGRAFIAR

MARCELINO IZQUIERDO

Siendo un pipiolo en prácticas, al que le temblaba el bolígrafo en cualquier entrevista, escuché una voz grave que venía de las alturas: «A mí me da igual estar ante Franco, ante un ministro o ante un albañil. Con una cámara en la mano pierdo el respeto. Todos somos personas, ¿no? Todos tiramos de la cadena y, tarde o temprano, todos nos vamos a morir».

Desde su holgado metro noventa, Teo Martínez nunca tuvo pelos en la lengua. Era un tipo especial, un fotógrafo especial. Ni tan simpático como algunos ni tan avinagrado como otros. Tenía su carácter, mucho carácter, pero, en el fondo, siempre venía de frente, al igual que los toreros que él tanto admiraba. De niño de la guerra y de buscarse el garbanzo como fuera -«¡cuánto hambre pasé!», recuerda siempre»-, la vida le empujó a Teo al oficio de electricista; pero no le llenaba.

Con una 'Kodak Retina' que le costó un Potosí y el manual 'Có-mo aprender a hacer fotografías', a Teo se le abrió un nuevo mundo que él encuadraba a través del objetivo de su cámara. Si pretenderlo, las imágenes captadas a lo largo de varias décadas han convertido a Teo en uno de los narradores visuales más significativos del neorrealismo fotográfico español.

Ahora, la vida de novela y el legado de museo de Teo Martínez han quedado inmortalizados en el documental que la Casa de la Imagen de Logroño ha producido, bajo la dirección nada menos que de Jesús Rocandio y de Bernardo Sánchez. 'Teo, Teo, ¿qué ves?' -precioso y oportuno título- resume el amor por la fotografía tanto del protagonista como de sus autores. «Nunca he pretendido copiar a nadie porque lo que yo quería era contar mi verdad. Además, a la larga, copiar y mentir nunca sale bien».

 

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