Prohibido quejarse

MAYTE CIRIZA

Hacía tiempo que no la veía y me llamó la atención que me contestara «entre muy bien y excelente» cuando le pregunté qué tal le iba. Y es que la contestación más habitual es: no me puedo quejar, podría ser peor, bien, sin entrar en detalles o bueno, ahí vamos. La queja es el deporte nacional. Todo el mundo se queja por algo, sobre todo se queja y lo primero que hace, de momento, es quejarse.

La queja se ha convertido en una manera de afrontar la vida, produce un estado de ánimo negativo y es contagiosa, porque los que están a nuestro alrededor tenderán también a quejarse. ¿Quién no tiene dificultades en la vida? Pero lamentarse no sirve de nada. La actitud de la queja es algo que nos limita, porque impide al cerebro trabajar para encontrar soluciones y crear nuevas oportunidades.

Todo esto referido, claro, al ámbito personal, porque en el social y en el político la queja es necesaria. Si no, no se avanza ni se mejora. En La Rioja nos quejamos poco porque seguimos con un tren del siglo XIX y todos tan contentos.

Volviendo al plano personal, como escribía Javier Marías hace un par de domingos, el nivel de queja ha llegado a tal extremo que antes de que algo ocurra, muchos ya se quejan furiosamente, por si acaso. A lo mejor no somos responsables de lo que nos pasa, pero si no hacemos nada para solucionarlo, no nos servirá de nada quejarnos y estarnos quietos.

Recordaba al leer esto la anécdota del italiano Salvo Noé, que levantaba en la plaza de San Pedro en el Vaticano un cartel con una señal de tráfico de prohibido circular en la que ponía 'Prohibido quejarse' (pero en italiano, claro: Vietato lamentarsi). Era un día de audiencia y la plaza estaba llena de gente, como siempre, agitando banderas de sus países y los móviles para fotografiar al Papa, pero Salvo mantenía su cartel levantado, con la señal de tráfico, persistente. Desde el papamóvil, el Papa la vio y le dijo a su secretario que quería ese cartel colgado en la puerta de su despacho.

A esta frase en la señal le seguía una explicación: «Los que incumplen esta norma padecen un síndrome de victimismo con la consecuente disminución del sentido del humor y de la capacidad para resolver problemas». Añadía también: «Lla sanción es doble si el incumplimiento se comete ante la presencia de niños. Para dar lo mejor de uno mismo hay que concentrarse en las propias potencialidades y no en los límites».

Noé publicó el año pasado un libro con ese título, con prólogo de Jorge Bergoglio, todo un superventas en Italia, que se ha traducido al español este año. Como escribe el Papal Francisco, «quejarse hace daño al corazón». El cartel que levantaba en la plaza de San Pedro terminaba así: «Por lo tanto, deja de quejarte y actúa para mejorar tu vida». Prohibido quejarse.

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