Progresía... eres tú

DOMINGO GARCÍA-POZUELO

Frecuentemente me pregunto, y no de forma retórica, qué es ser progresista o ser de izquierdas, o ambas a la vez por la coyunda de dichas adscripciones ideológicas. Igualmente me pregunto cómo se logra ser de centro o de derechas. Alguno al leer estas líneas con semejantes preguntas que me hago a mí mismo me tildará de idiota o de ignorante. Es posible que hasta tengan razón, pero yo sigo en ese ámbito confuso, en esa habitación oscura que supone el debate político por el poder y todo lo que conlleva de asignación ideológica. No sé dónde expenden las acreditaciones con las que más de uno se exhibe como genuino progresista, o incluso de izquierdas (que alguien me lo indique); o por el contrario con qué comportamiento le tachan a uno de rancio, conservador, o cualquier otro adjetivo con el que encasillarle en la parte ¿perniciosa? del devenir de la sociedad. Y no digamos nada si uno encuentra el lugar en el que se pueda alcanzar la equidistancia, y logre ser reconocido como el equilibrista que pertenece al centro: ni frío ni calor.

Lo de la extrema derecha parece más fácil porque probablemente los signos externos (e internos) de dicha ideología, son bastante evidentes, y además nos hacen recordar momentos muy tristes de la humanidad, todavía cercanos e incluso presentes, aunque en esos casos decir humanidad es ser generoso y genérico. Y lo de extrema izquierda es similar, pues es imposible olvidar el gran daño perpetrado por esos regímenes políticos, antes (ahora se puede mirar, entre otros, hacia Venezuela) y la equivalente barbarie cometida en aras a un ¿reparto? igualitario de la riqueza y el bienestar. Además, de la denominada extrema izquierda, tenemos ejemplos actuales en España en los que la contradicción y el fraude son tan abultados, que hasta un despistado político, como yo, lo percibe.

La verdad es que aunque no me quitan el sueño estas y otras preguntas, sí que me altera comprobar el permanente juego de prestidigitación con el que se nos pretende llevar al huerto, de tal modo que o proclamas con suficiencia prepotente que eres progresista o no eres un demócrata, que es el resumen burdo de cómo te asignan un perfil político. Y a partir de ahí un carnet figurado de ciudadano ejemplar, o por el contrario una clasificación como individuo descarriado al que hay que reeducar, para poder reinsertarle en la parte más fetén del muestrario ideológico.

Creer como he creído desde que uno puede expresarse libremente, que pertenecer a un país como el nuestro, lugar de libertad de pensamiento y creencias (casi) todas respetables, no obliga necesariamente a tener carné de nada para ser demócrata. Y tener interiorizado que las leyes las debemos cumplir todos, incluidos los políticos -cosa no muy frecuente-, es madurez democrática. Y procurar ser decente aunque se carezca de adscripción religiosa, y estar libre de dogmatismo político alguno, no anula el compromiso con nuestra sociedad. Y por último votar a quien cada uno le dé la gana, desde las inmensas dudas que crean todas las siglas y quienes las manejan, dudas que se extienden hasta la ¿inmaculada? virginidad de los últimos y utópicos credos: ¿Es todo ello suficiente como para sentirse leal a nuestra democracia y participar así en la mejora de la misma, y además significa ser progresista?

Si el relator del manual hubiera requerido a su amanuense y le hubiera preguntado: ¿Qué es progresía? y ella arrobada hubiera respondido: ¿Qué es progresía?, dices mientras clavas en mí tu pupila azul. ¿Qué es progresía? ¿Y tú me lo preguntas?... progresía...eres tú. Aún así hubiera seguido sin lograr esquivar este debate, del que no puedo evadirme por la saturación que me produce tanta falacia política, vendida por buhoneros como bálsamo de Fierabrás, y que lamentablemente siempre devienen en pesadillas (económicas) que causan más quebrantos que progreso a los ciudadanos, sean conservadores, progresistas, e incluso a los del centro.