Presión migratoria

La inmigración es un asunto capital para Europa, que debería por tanto convertirse en una cuestión protagonista pero apartada de la polémica y en la que todos los países deberían soportar equitativamente esta carga. No está siendo así. Se ha dicho que la oferta de 'papeles para todos', que nadie ha lanzado, habría movilizado a «millones» de inmigrantes, cuando la realidad es bien distinta: desde el pasado junio, España es el país europeo del Mediterráneo que más inmigrantes recibe, después del portazo de Italia, forzado por el xenófobo Salvini, y del cierre griego, tras el polémico acuerdo de la UE con Turquía. Pero las cifras no son por ahora críticas: la Organización Internacional para la Migración de Naciones Unidas señala que, desde el 1 de enero al 29 de julio, han arribado a España a través del Mediterráneo 22.858 personas, 1.195 más que las contabilizadas en todo 2017. Las cantidades son significativas pero manejables si se piensa que, si bien algunos inmigrantes se benefician del derecho de asilo, otros siguen su camino hacia Europa y bastantes más son devueltos a sus países de origen. Lo lógico sería que el asunto perdiera carga política y fuera remitido cada vez más a Bruselas, que debería orquestar la respuesta común.

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