TODOS PODEMOS SER HEISENBERG

Diego Marín A.
DIEGO MARÍN A.Logroño

Una de las cosas que merece la pena hacer en la vida es ver sobre el escenario a dos titanes de la interpretación como Emilio Gutiérrez Cava y Carlos Hipólito, sin desmerecer el trabajo de Malena Gutiérrez, la tercera actriz de la obra 'Copenhague' representada el pasado fin de semana en el Teatro Bretón de Logroño. Sólo la imponente puesta en escena de estos dos actores, su gestualidad natural, su perfecta entonación, su absoluta credibilidad, hacen de la función algo que merece la pena.

La crítica, en este sentido, puede resultar parecida a la que mereció 'Voltaire/Rousseau', que pasó por la misma programación teatral municipal hace un par de semanas. Si entonces se trataba de un duelo dialéctico entre dos filósofos del siglo XVIII, en 'Copenhague' la batalla verbal es entre dos físicos del siglo XX, Niels Bohr y Werner Heisenberg, aunque en la segunda no es tan importante el cómo se dice sino lo que se dice.

En plena Segunda Guerra Mundial, el alemán Heisenberg (Carlos Hipólito) visita en Dinamarca al danés Bohr (Emilio Gutiérrez Cava) para intentar hallar una respuesta a un problema no científico sino ético: ¿debe, con su sabiduría, ayudar a su país a desarrollar una bomba atómica, cuando otras naciones, al parecer, están haciendo lo propio con la colaboración de otros físicos en semejante y crucial momento histórico? No es fácil de resolver la encrucijada, por eso acude en busca, si no de respuesta, de justificación, con el matiz de que es el físico nazi quien consulta al danés en plena expansión, conquista y ocupación de Alemania por toda Europa.

La obra en sí, cabe decirlo, puede resultar, incluso, demasiado erudita, puesto que se hace necesaria referencia a los elementos físicos. En este sentido, el texto puede resultar redundante y bien podría funcionar igual con algo menos de duración. No obstante, cabe señalar que más de un espectador se durmió durante la representación, aunque, eso sí, tuvieron la amabilidad de no roncar.

La pieza tiene otra característica sobre la que merece la pena detenerse, y es que, de inicio, se presenta a los personajes como seres ya fallecidos, es decir, que lo que interpretan los actores sucedió en el pasado, y así se narra mediante una falsa 'voz en off' que no es otra que la del tercer actor que no interviene en escena. Así se crea, se advierte de la ficción pero, ¿puede haber ficción en teatro? ¿Puede algo vivo, que está sucediendo en el momento, que se está creando en el instante mismo en el que el espectador lo ve, ser otra cosa que realidad? La propuesta del texto, por tanto, merece otra reflexión en ese concepto dramatúrgico, al margen del dilema del propio tema de la obra sobre el deber profesional y el deber moral, una disyuntiva difícil de resolver cuando la situación es extrema. Hay que ponerse en la piel de Heisenberg, hay que tener empatía, a veces, incluso con el enemigo, sobre todo, para entenderlo.