QUE PIERDAN LOS DOS

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

Estoy indeciso. Miro a los taxistas ocupar por la fuerza calles enteras (no en Logroño, por ahora) y leo opiniones de todos los gustos sobre el conflicto; que si el monopolio de los taxistas, que si la sana competencia, que si las multinacionales malvadas. Y sigo indeciso. En realidad, me pasa como cuando juegan Osasuna y Barça: me gustaría que perdieran los dos, pero es imposible. Porque me da a mi que al final perderá el de siempre. El público.

Veamos. No hay justificación alguna para que el negocio de los taxistas siga así de regulado. Igual que las farmacias, oiga, o los estancos. No hay argumento posible, divino ni humano, que haga menos injusto que a estos señores se les prive de la competencia que deben sufrir los demás. Entiendo que a ellos les guste, e incluso que peleen por ello. Pero no sé por qué un taxista tiene más derecho a ser liberado de su competencia que, digamos, un librero o el dueño de una tienda de muebles, que también han hecho una inversión y también tienen que apretar el culo cuando llegan Amazon o Ikea.

Pero no, tampoco me apetece que los Uber se salgan con la suya. Porque eso de la «economía colaborativa» no se lo traga a estas alturas ni el más tonto. Sustituir un monopolio por otro acabaría en precariedad para el que trabaja y, más tarde o más temprano, en perjuicio del que compra. Y si no, busquen el concepto «precio dinámico» en Uber. Básicamente: te pueden cobrar lo que les salga.

¿Solución? Competencia, sí. Una transición ordenada para los taxistas, también. Y regulación de los VTC, por supuesto. Y quién sabe. Igual así, en lugar de perder, ganan los dos. Y nosotros.

 

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