Perplejidad

RICARDO ROMANOS

P reciosa palabra: perplejidad. En once letras, un universo de sensaciones de noqueo. ¡Zumba! Y uno se queda sin saber qué pensar, vacilante, tenguerengue, señoras y señoritas de mi corazón, como un San Vito místico en su telele. ¡Caramba, estoy absolutamente perplejo! Como si me hubieran dado un par de soplamocos sin verlos venir: los ojos como platos, las cejas circunflejas y la lengua fuera en la boca de pez pensante. Desorientado, turbado, dónde estoy, cómo salgo de este limbo embarazoso, de esta situación sin futuro... Y es que, tras leer una entrevista a Leticia Dolera, actriz, guionista, directora de teatros y series televisuales, combativa feminista y altavoz se quiera o no del feminismo radical-surrealista celtibérico, me he quedado sin principios, sin valores, sin ideales, sin sentido de la orientación en la vida, qué hago ahora, qué va a ser de mí. Y es que, ladies und damen, los nenes de mi generación, ya de parvulitos, teníamos una maría educativa llamada urbanidad que nos enseñaba esas cosillas que sirven para transitar más cómodamente por la vida, o para hacérsela más grata a la familia, a las amistades y al vecindario en general. Las buenas maneras, se decía, esas sencillas y cómodas fórmulas que propician el buen rollito del personal sea del género que sea. En familia aprendimos a ceder la derecha en las aceras a los ancianos y a las mujeres, así como a levantarnos de cualquier asiento y en cualquier situación ante su presencia, o cederles el paso ante las puertas sin mayor importancia. Cosas del respeto debido, o del cariño en el círculo amistoso o familiar, amables deferencias. Gentilezas en suma que nos permitían, y hasta ahora nos han permitido, poder expresarles a las amigas, sincera y naturalmente, lo guapas que las veíamos, que las vemos, y por qué no, a los amigos. Ojo, también en el ámbito laboral, al menos en el mío, tan dado por cierto a efusivos arrumacos y que, como el de Leticia Dolera, lo ha sido de guiones y teatrerías. Pues no, se acabó, señoras y señoritas mías, «no hay que adjetivar». Y mucho menos con lo de guapa, «que genera mucha violencia, ¿por qué tienes que adjetivarme?», pregunta mosqueada la artista feminista. Para ella todas esas maneras no son otra cosa que enojosos, molestos y hasta violentos micromachismos que hay que «deconstruir». «Me molesta lo de las damas primero» -dice el titular de la entrevista-. Y añade la entradilla que a veces abre la puerta a los hombres «generando incomodidad»: Pasa tío, les dice. Así como para fastidiar. Y yo, creyendo hasta ahora que cuando se cedía el paso era precisamente para facilitar cierta comodidad. Ay, qué confundido y machista estaba yo. Y a ver ahora qué hago, vacío por precaución de mis referentes culturales, perplejo, cuando me encuentre a una fémina ante un portón: ¿y si le concedo la entrada y resulta ser una feminista a lo Dolera? ¿Me deconstruirá en el momento, me montará un pollo? Nada, adelante con los faroles, yo a lo mío, tía y ahí te quedas. Mas, si resulta que la señora es una señora, uno queda como un perfecto grosero. ¿A quién atiende primeramente un camarero en un restaurante? ¿A ella? Deferencias micromachistas a erradicar. ¿A él? Macromachismo vergonzante a deconstruir. Por cierto, que también le molesta mucho el (micromachismo) de «señoras y/o señoritas cuando lo veo en todas las webs al ir a comprar un billete de avión (sic)». En fin, chicas, menos mal que os tengo a vosotras, las compas, las amigas de siempre, las que no habéis estudiado feminismo porque lo sois de siempre al natural, las que no me zumbaréis por deciros lo hermosas que os veo, las que no leéis sobre feminismo y os ponéis a continuación a escribir un libro sobre el asunto porque «en entrevistas se buscaba hacerles el lío con el feminismo a muchas mujeres para buscar el error y tener ahí el titular». Ay, este mundo nuestro se está llenando de sectarias e intransigentes, esas gentes que se erizan por cualquier chorrada. Hay que andarse con pies de plomo, niñas. O poner cara de perplejidad, ya sabéis: la frente bien estiradita hacia arriba, la boca abierta con un palmo de lengua fuera, los ojos desmesurados y los pulgares metidos en las orejas abanicando el aire con los dediles. Y yo, a lo mío, como desde siempre.

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