Patrimonio común

El más que azaroso devenir que en los últimos años ha experimentado el monasterio de Valvanera ha adquirido una deriva que hace peligrar no sólo la viabilidad del proyecto religioso que asumió hace poco más de doce meses un grupo de monjes del Instituto del Verbo Encarnado (IVE) sino también el futuro del propio conjunto sacro donde se venera a la patrona de La Rioja. Por encima incluso de los credos religiosos, Valvanera forma parte del acervo cultural y patrimonial de la región de manera casi ininterrumpida desde el siglo XI, si no antes. Ello justifica la atención que le presta el Gobierno regional, atención a la que hay que sumar el amparo de la diócesis. Sin embargo, son insuficientes dado el deterioro de las infraestructuras, del continente y del contenido del edificio conventual y de hospedería, que requieren de una intervención profunda que solape la falta de mantenimiento que ahora se pone ahora en evidencia. El desesperado SOS que los hermanos del IVE han lanzado a través de las redes sociales se refiere únicamente a las urgencias más perentorias del monasterio, pero ha servido para poner al descubierto la necesidad de una actuación de mayor calado para adaptar los servicios conventuales al siglo XXI y garantizar así su supervivencia. Si Valvanera es un patrimonio común, la responsabilidad debe ser también compartida. Y no cabe mirar hacia las instituciones, que también, sin mirar cada uno hacia sí mismo.

 

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